jueves, 12 de noviembre de 2009

No es la cruz, es el crucificado




Fue la primera semana de noviembre de 2009 y sucedió en Estrasburgo. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que la presencia de un crucifijo en las aulas de clases es una violación a los derechos humanos.

No podía ser para menos. Ahora todo lo que huele a cristianismo es rechazado a priori. La Europa “institucional” contesta su historia e invita con sus actitudes, tantas veces acompañadas por presiones políticas y económicas, a que otros países de raigambre cristiano abdiquen también de ese pasado común.



Se descalifica a la fe cristiana por el sólo hecho de ser ella misma, y se evita mirar a ese legado de dos milenios de historia donde, objetivamente, el cristianismo, sus símbolos y sus tradiciones, impregnaron de olor, color y sentido la vida de tantas personas que hoy siguen profesando su creencia en el crucificado de la cruz.

La cruz es historia, la historia de la universidad nacida al cobijo del papado y de la Iglesia fundada por el crucificado de la cruz; es recordar que sin monjes-copistas la cultura greco-romana sencillamente se hubiera perdido.

La cruz es el vivo recuerdo que reivindica verdades como que sin el crucificado no hubieran sido posibles definiciones como la de igualdad entre todos los hombres (bastaría leer el versículo 28, capítulo tercero, de la carta de san Pablo a los Gálatas), persona (nacida de las disputas trinitarias y cristológicas de los Concilios), derechos humanos y derecho internacional (que debemos al fraile dominico Francisco de Vitoria, en el siglo XVI), o la configuración misma de la Unión Europea (debida a tres católicos convencidos: Schuman, De Gasperi y Adenauer).

De no ser por la cruz del crucificado que juntó naciones distintas para vencer a los turcos en Lepanto, quizá hoy estaríamos rezando a Alá pidiendo la libertad de pensamiento y auténticas democracias.

La cruz es también la historia de una pléyade de intelectuales cristianos que van desde san Anselmo, pasando por Pedro Lombardo, Tomás de Aquino, Hildegarda de Bingen, Roger Bacon, Marin Mersenne, René Descartes, Pascal, Nicolás de Cusa, Galileo, Jean Buridan, Mendel, Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel, hasta llegar Edith Stein, Karol Wojtyla, Jerónimo Leujene o Joseph Ratzinger.

La cruz, en fin, también abraza el legado recogido en insignias nacionales de países e instituciones (Noruega, Inglaterra, Finlandia, Suiza, por ejemplo, tienen una cruz en sus banderas; la Cruz Roja, la Cruz Verde, hospitales y farmacias usan una cruz como emblema).
La cruz es arte, el arte que elocuentemente grita con pinturas, libros y esculturas una realidad incontestable: que el crucificado de la cruz les dio fondo y forma.

¿Quién es capaz de explicar medianamente bien la literatura occidental sin Las Confesiones de san Agustín, sin la Divina Comedia de Dante o la Suma Teológica de santo Tomás de Aquino? ¿Quién podría entender sin el cristianismo el Cantar del Mío Cid, El Quijote de la Mancha o Los Miserables? ¿Y Lewis, Chesterton y Tolkien qué son si se les vacía de cristianismo? ¿Cómo gustar a Mozart y a Wagner, a Verdi y a Tchaikovsky, a Haendel y a Beethoven sin pensar en el crucificado de la cruz?

¿Qué sentido y explicación a El prendimiento de Cristo, de Giotto; al Llanto sobre Cristo muerto, de Mantegna; a La última cena, de Da Vinci; a la Deposición del Señor, de Rafael? ¿Qué decir sin el crucificado de la cruz para las Lamentaciones sobre Cristo muerto, de Alberto Durero; para El Cristo, de Velázquez; para La deposición del Señor, de Caravaggio; para el Cristo crucificado, de Goya; para la Crucifixión, de Emile Nolde; para la Flagelación, de David Alfaro Siqueiros; o para El Cristo de san Juan de la cruz, de Salvador Dalí?

Y en escultura, ¿cómo ilustrar La Piedad, de Miguel Ángel o el Cristo muerto, de Alberto Durero?

La cruz es geografía: geografía suavemente dibujada en las cruces esparcidas en las cúpulas de iglesias y catedrales que pueblan la tierra entera: templos hechos de fe, de amor y de misterio; templos que hablan de ese Dios al que están dedicados y que ya románicos, góticos, barrocos o renacentistas refieren la historia de un Cristo humano y a la vez divino; de un Dios cercano y al mismo tiempo inconmensurable.

No, no es la cruz, es el crucificado. El crucificado que nos sigue invitando a remar mar adentro, a remar contra corriente, a dar la vida por la verdad que en definitiva es dar la vida por Él.

Muchos no toleran la cruz, como los poseídos que no aguantan verla, porque es el símbolo de la victoria del amor sobre el odio, del mal sobre el bien, de la verdad sobre la mentira.

No, en Estrasburgo no rechazaron la cruz. Porque la cruz es mucho más que la unión de una barra horizontal y otra vertical adherida o colgada en un salón de escuela. Rechazaron al crucificado. Y podrán quitarlo de salones y lugares públicos pero está claro –y la historia lo enseña– no de ese pasado que lo proclama a viva voz y menos todavía de los corazones de millones de seres humanos que, ayer como hoy, daríamos la vida misma por Él.