miércoles, 23 de diciembre de 2009

Células madre embrionarias, reproducción artificial, selección genética, eugenesia… ¿Y la dignidad humana?

En algún momento de nuestra existencia hemos hecho la experiencia de la dignidad humana. ¿Cómo? Cuando apreciamos el valor que tiene cada ser humano por el simple hecho de ser persona.

Todavía se sigue apelando a la dignidad humana como escudo de defensa ante atrocidades como la explotación de seres humanos, su tráfico e incluso la pena de muerte o el racismo. Sin embargo, parece que esa sensibilidad ante la dignidad humana se pierde o, al menos, se diluye cuando hace referencia a la vida de seres humanos en sus primeros estadios de vida.

Hoy por hoy, las nuevas tecnologías biomédicas abren la esperanza a millones de personas que desean recuperar la salud, concebir un hijo, o beneficiarse de los progresos que ofrece este campo. Todas esas oportunidades nos llenan de optimismo y alegría. Sin embargo, no pocas personas de buena voluntad desconocen lo que está detrás de muchas prácticas, el daño que producen no sólo a las vidas que se eliminan o instrumentalizan sino también en la sutil imposición social de un permisivismo nocivo que, en definitiva, justifica el uso de medios malos para obtener fines buenos.

1. Salud

Están aumentando las investigaciones con células madres embrionarias, procedentes de embriones humanos, para así lograr tratamientos desde lo producido con esas células. Algunos círculos médicos, a través de los medios de comunicación, hablan y lo pregonan como única alternativa para la cura de distintos padecimientos.

Más allá de la posible efectividad del uso de estas células, algo todavía no demasiado claro, está la cuestión moral del disponer de una vida humana para curar a otra. El fin –curar– es bueno, pero ¿lo es el medio? Usar células madre embrionarias implica “crear” a un ser humano, utilizarlo y después destruirlo. Los medios, en definitiva, no son correctos pues implican la instrumentalización y destrucción de una vida humana dotada de dignidad y por la cual merece respeto.

En otros casos –pensemos en el “bebé medicamento” nacido en España hace algunos meses–, es verdad que no implicó la destrucción de una vida pero sí su instrumentalización: un ser humano fue concebido como medio-producto para dar salud a otro ser humano, y no como el fruto de un acto exclusivo de amor. Por eso se le llamó precisamente “bebé medicamento”.

¿Pero qué otras alternativas hay? Ante todo confirmar que existen. E incluso con mayor garantía de éxito y precisamente usando células madres pero no de embriones sino las así llamadas “adultas”. Éstas proceden de diferentes partes del cuerpo de una persona viva, ya nacida, incluso adulta (sangre del cordón umbilical, médula ósea, cerebro, mesénquima de varios órganos, etc.), y su uso no comporta problemas éticos.

2. Infertilidad y procreación artificial

Es verdad que numerosos matrimonios sufren por la imposibilidad natural de tener un hijo y llegan a decantarse por técnicas de fecundación que suplen el acto conyugal. Además del error moral al disociar la unidad del matrimonio, que implica el respeto recíproco de los cónyuges a convertirse en padre y madre solamente el uno a través del otro, está el grave problema de la destrucción de vidas humanas pues, aunque se menciona poco, la fecundación in vitro implica la fecundación de varios óvulos y la implantación únicamente del que dé garantías de éxito. O lo que es lo mismo: se producen seres humanos y sólo a algunos se les da la oportunidad de vivir.

¿Entonces qué hacer? Indudablemente hay licitud en el uso de intervenciones cuya finalidad sea remover obstáculos que impiden la fertilidad natural o que se configuran como ayudas al acto conyugal y a su fecundidad, pero no lo sustituyen. Tampoco está de más recordar la opción siempre abierta de la adopción. El deseo de un hijo es legítimo, pero ese deseo no se antepone a la dignidad que posee cada vida humana. De ahí precisamente que el deseo de un hijo no justifique la “producción” del mismo.

3. Otros puntos: bioingeniería e investigación

El poder conocer la situación de los niños desde el vientre materno ha decantado en una ocasión para la selección de quiénes deben nacer o no. Ahora se priva de vida a los niños enfermos y, cada vez más, se abre la puerta, también jurídicamente, para acudir a empresas que lucran con la posibilidad de “hacer” bebés a la carta: seleccionando el color de piel, de ojos, de pelo, etc. Evidentemente, toda esa selección comporta no sólo una manipulación y experimentación con muchas vidas de embriones humanos, sino que también pone de manifiesto la deriva consumista y materialista de una sociedad que se puede volcar a mirar la vida como un objeto de consumo al que, además, se “tiene derecho”.

La investigación con seres humanos en los primeros estadios de vida nos lleva a plantearnos la similitud con una nueva forma de esclavitud que clama justicia. No se puede olvidar que un individuo humano es persona humana y tiene, desde el principio, la dignidad propia de la persona.

Sólo por el hecho de existir, cada hombre tiene que ser plenamente respetado. Y aquí no caben criterios de discriminación basados en el desarrollo biológico, psíquico, cultural o de salud de cada individuo.

Esa consciencia de la dignidad humana de la que hablábamos al comienzo nos hace percibir mejor que no debemos asesinar a otro ser humano por más que la mayor de las iras se apodere de nosotros. Es esa misma consciencia la que nos lleva a darnos cuenta que tampoco podemos instrumentalizar al otro usándolo como objeto o mero material del que se dispone o al que se tiene “derecho” como si tal cosa. De ahí precisamente que la auténtica dignidad humana esté llena de vida, significado y belleza pues entraña valores como el respeto y virtudes como el amor.