miércoles, 10 de marzo de 2010

Dios y los terremotos

Tras los devastadores terremotos de Haití, Chile, Taiwán y Turquía, no pocos medios de comunicación, especialmente prensa impresa y digital, han ofrecido multitud de artículos lanzando interrogantes que, en definitiva, vienen a cuestionar la existencia de Dios aduciendo que si el mal existe, Dios no.

Recientemente el diario argentino Clarín (cf. 10.03.2010) publicó también un artículo sobre este tema, si bien el enfoque era distinto (cf. ¿Y dónde está Dios?: los devastadores terremotos sacuden la fe de los cristianos). Aunque el título parece deparar conclusiones en la línea negacionista, no es así e incluso tiene algunos buenos argumentos que reivindican lo que otros han querido opacar.

Del artículo publicado por Clarín sólo quiero centrarme en la pregunta: ¿Y dónde está Dios? La retomo porque en las últimas semanas Benedicto XVI ha ofrecido no pocas respuestas a esta interrogante en diferentes discursos y alocuciones, ofreciendo mucha luz en un tema tan espinoso.

Ya en la reciente lectio divina que el Papa ofreció al clero de la diócesis de Roma (cf. L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de febrero de 2010, p. 10) Benedicto XVI preguntaba al Señor “¿Dónde estás Dios?”. Una cuestión que el mismo Pontífice había lanzado de modo parecido en su visita del 28 de mayo de 2006 al campo de concentración de Auschwitz cuando decía: “¿Dónde estaba Dios en esos días?”.

Y la respuesta sigue siendo vigente: “Nosotros no podemos escrutar el secreto de Dios. Sólo vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. En ese caso, no defenderíamos al hombre, sino que contribuiríamos sólo a su destrucción. No; en definitiva, debemos seguir elevando, con humildad pero con perseverancia, ese grito a Dios: "Levántate. No te olvides de tu criatura, el hombre". Y el grito que elevamos a Dios debe ser, a la vez, un grito que penetre nuestro mismo corazón, para que se despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del oportunismo”.

También iluminador es el número 272 del Catecismo de la Iglesia Católica cuando dice: “La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. Así, Cristo crucificado es "poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres" (1 Co 2, 24-25). En la Resurrección y en la exaltación de Cristo es donde el Padre "desplegó el vigor de su fuerza" y manifestó "la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes" (Ef 1,19-22)”.

Por último, el número 310 nos abre una dimensión más profunda y no menos interesantes cuando cuestiona y responde: ““Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor (cf S. Tomás de A., s. th. I, 25, 6). Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo ``en estado de vía" hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfecciGn (cf S. Tomás de A., s. gent. 3, 71)”.