martes, 23 de marzo de 2010

Una agresión al Papa y a la democracia

Traduje del italiano un artículo que habla por sí mismo. Sin desperdicio y claro. Y no crea usted que viene de un católico a los que, por vivir su fe, ahora gustan llamar "ultraconservador". Marcello Pera, que es quien lo firma, es agnóstico.

La cuestión de los sacerdotes pedófilos y homosexuales suscitada recientemente en Alemania tiene como objetivo al Papa. Sin embargo, se cometería un grave error si pensamos que el disparo se va a detener dada la magnitud de la empresa. Y se cometería un error aún más grave si se considera que el asunto finalmente se cerrará pronto como tantos parecidos. No es así. Está en curso una guerra. No propiamente contra la persona del Papa, ya que, en este terreno, es imposible. Benedicto XVI es inexpugnable por su imagen, por su serenidad, su claridad, firmeza y doctrina. Basta su humilde sonrisa para derrotar a un ejército de adversarios.

No, la guerra es entre el laicismo y el cristianismo. Los laicistas saben bien que si un poco de barro llegara a la túnica blanca, vendría ensuciada la Iglesia, y si fuera manchada la Iglesia también lo sería el cristianismo. Por eso los laicistas acompañan su campaña con preguntas como “¿Quién llevará todavía hijos a la Iglesia?”, o “¿Quién enviará aún hijos a una escuela católica?”; o incluso “¿Quién hará curar a los pequeños niños en un hospital o clínica católica?”.

Hace unos días una laicista se aventuró a perder la intención. Escribió: “La extensión de la difusión del abuso sexual de niños por parte de sacerdotes mina la legitimación misma de la Iglesia católica como garante de la educación de los más pequeños”. No importa que esta sentencia sea hecha sin pruebas, porque viene cuidadosamente ocultada “la magnitud de la difusión”: ¿uno por ciento de los sacerdotes pedófilos? ¿Diez por ciento? ¿Todos? No importa tampoco que la frase carezca de lógica: bastaría sustituir "sacerdotes" por "maestros", por "políticos" o por "periodista" para "socavar la legitimidad" de las escuelas públicas, los parlamentos o la prensa.

Lo que importa es la insinuación, incluso a expensas de la tosquedad del tema: los sacerdotes son pedófilos, entonces la Iglesia no tiene autoridad moral, por lo tanto, la educación católica es peligrosa, entonces el cristianismo es un fraude y un peligro. Esta guerra del laicismo contra el cristianismo es campal. Se debe traer a la memoria el recuerdo del nazismo y el comunismo para encontrar algo similar.

Cambian los medios, pero el final es el mismo: hoy como ayer, lo que se quiere es la destrucción de la religión. Entonces Europa pagó a esta furia destructora el precio de su propia libertad. Es increíble que especialmente Alemania, mientras se bate continuamente el pecho por la memoria de aquel precio que infligió a toda Europa, hoy, que ha regresado la democracia, se olvide y no entienda que la misma democracia estaría perdida si entonces el cristianismo hubiera sido borrado. La destrucción de la religión comportó entonces la destrucción de la razón.

Hoy no comportará el triunfo de la razón laica, sino otra barbarie. Sobre el plano ético, es la barbarie de quien mata un feto porque su vida podría ser perjudicial a la “salud física” de la madre. De quien dice que un embrión es un “bulto de células” útiles para experimentos. De quien asesina a un anciano porque no tiene familia que se preocupe por él. De quien acelera el final de un niño porque ya no es consciente y es incurable. De quien piensa que “progenitor A” y “progenitor B” es lo mismo que “padre” y “madre”. De quien cree que la fe es un órgano que no participa más de la evolución porque el hombre ya no tiene necesidad de la cola y está erguido por sí mismo. Y así sucesivamente.

O bien, para considerar el aspecto político de la guerra de los laicistas al cristianismo, la barbarie será la destrucción de Europa. Porque, abatido el cristianismo, quedará el multiculturalismo que considera que cada grupo tiene derecho a la propia cultura; el relativismo, que piensa que cada cultura es tan buena como cualquier otra; el pacifismo que niega que el mal existe. Esta guerra no sería tan peligrosa para el cristianismo si los cristianos la comprendieran.

Sin embargo, muchos de ellos participan de la incomprensión. Son aquellos teólogos frustrados por la supremacía intelectual de Benedicto XVI. Aquellos obispos inciertos que sostienen que el compromiso con la modernidad es la mejor manera para actualizar el mensaje cristiano. Aquellos cardenales en crisis de fe que comienzan a insinuar que el celibato de los sacerdotes no es un dogma y que sería mejor reconsiderarlo. Aquellos intelectuales católicos de peluche que piensan que existe una cuestión feminista dentro de la Iglesia y no un problema resuelto entre cristianismo y sexualidad. Aquellas Conferencias Episcopales que equivocan la orden del día y, mientras auspician la política de las fronteras abiertas a todos, no tienen el coraje de denunciar la agresión que sufren los cristianos y la humillación de todos los que se ven indiscriminadamente obligados a probar el banquillo de los acusados. O aquellos cancilleres venidos del este que exhiben un bello ministro de exteriores homosexual mientras atacan al Papa sobre todo argumento ético; o aquellos nacidos en el oeste, los cuales piensan que occidente debe ser laico, es decir anticristiano.

La guerra de los laicistas va a continuar, porque un Papa como Benedicto XVI sonríe, pero no retrocede ni un ápice. Pero si se entiende por qué no se mueve, entonces se toman cartas en el asunto y no se espera al próximo golpe. Quien se limita sólo a solidarizarse con él, o es uno que ha entrado de noche en el huerto de los olivos, a escondidas, o es uno que no ha entendido por qué está ahí.

Traducción del original por Jorge Enrique Mújica, LC