sábado, 15 de mayo de 2010

El agere sequitur esse del sacerdote (y del alma consagrada) en las redes sociales

Cada vez es más común encontrar sacerdotes o religiosos en las redes sociales o como directores, administradores o impulsores de iniciativas en el contexto particular del mundo digital de internet.

En el mensaje para la 44 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2010, el Papa Benedicto XVI hizo un llamamiento concreto a los sacerdotes para también ocuparse pastoralmente de este campo.

Algunas almas consagradas, no sólo los sacerdotes, han visto con sinceridad y pureza de intención la ocasión para lanzarse, relanzar o intensificar el trabajo ya realizado; a otros se les ha presentado como oportunidad o pretexto para “estar ahí”.

El mensaje del Papa al que aludimos tiene un párrafo de especial importancia. Me refiero al que dice: “…la creciente multimedialidad y la gran variedad de funciones que hay en la comunicación, pueden comportar el riesgo de un uso dictado sobre todo por la mera exigencia de hacerse presentes, considerando internet solamente, y de manera errónea, como un espacio que debe ocuparse”.

Es interesante notar que en pocas líneas hay dos consideraciones importantes en referencia directa e inmediata al agere sequitur esse propio del sacerdote en particular, y de las almas consagradas en general, en relación con las redes sociales o web 2.0.

1. No se trata sólo de estar

Se suele apelar a la necesidad de usar las nuevas herramientas digitales para estar “en sintonía” con lo que usan actualmente las demás personas. No pocas veces se esconde detrás de la pretensión el dictado de las modas, más que un afán verdaderamente apostólico. En este sentido, no está de sobra recordar aquella máxima evangélica: están en el mundo pero no son del mundo.

Un desconocimiento previo del campo en el que se desea trabajar pastoralmente tiene sus riesgos. Algunos de ellos son:

a. El naufragio
Es comprensible que sin conocer el contexto histórico y los riesgos éticos de las nuevas tecnologías de la comunicación (a veces incluso despreciando las herramientas que ayudan a salvaguardar del pecado, también posible en internet, como los filtros), los naufragios sean una constante.

Sin entrar en la discusión recurrente sobre la conveniencia de seguir usando el término “navegar” para referirnos al uso práctico de internet, el verbo nos invita a reflexionar en la imagen del navegante. Quien va a navegar, y quien navega, sabe que salió de un puerto y que su meta es llegar a otro para cumplir un cometido.

Estar en internet no tiene sentido si no se va actuar activamente, si no se propone creativamente el Evangelio. El sacerdote, el alma consagrada, usa internet no para ser “evangelizado” por el secularismo y formar una mentalidad según el vaivén de las corrientes de pensamiento dominante hoy en día. Al contrario. Es emisor de un Mensaje, del Mensaje que es una persona y tiene un nombre: se llama Jesucristo. Es triste reconocerlo pero no pocas veces los naufragios en internet también son vocacionales.

Sería muy deseable que quien quiera aplicarse en el uso de los nuevos medios digitales, conociera al menos algunas pautas (cuál es el lenguaje de internet, por ejemplo) y un bosquejo de consejos morales para utilizarlos adecuadamente, de acuerdo a su condición, y estar alerta.

b. La inversión del tiempo
Muchos obispos suelen recomendar a su clero tener presente que no se trata de asumir un trabajo de apostolado, y menos de ejercer su sacerdocio, o en el mundo virtual o en el mundo real, exclusivamente. De hecho, nunca se puede perder de vista que esa aparente doble realidad no es tal pues de suyo sólo hay un único mundo.

Volviendo a la imagen del navegante, éste sabe cuánto tiempo debe invertir para llegar del puerto de salida al de llegada, además de que conoce la ruta. Un sacerdote, un alma consagrada, reconoce que su tiempo ya no es suyo, es de Dios y está a su servicio. No es sacerdote, seminarista o religiosa sólo una parte del día ni hace apostolado a ratos: toda su vida es apostolado y, en consecuencia, su tiempo está al servicio del mismo.

Hace tiempo una agencia de noticias reportaba que en la Santa Sede está vetado el uso de redes sociales para todos los trabajadores, incluyendo los eclesiásticos y las religiosas. En Canadá, por ejemplo, desde hace un par de años los trabajadores no pueden usar redes sociales en tiempo de trabajo. Por ley se permite filtrar los accesos. En Estados Unidos los militares no pueden disponer de una red social, sea cual sea.

No es difícil comprender la relación que hay entre uso de redes sociales en tiempo de trabajo y el bajo rendimiento laboral. Considerando que toda la vida del sacerdote es apostolado, y en ese sentido trabajo, es válida una consideración en la línea de lo apenas referido.

c. La banalización de las relaciones
Por carácter, temperamento o deficiente formación, hay de por sí quienes son dados a la dispersión o al empleo excesivo e innecesario del tiempo en medios como internet o el correo electrónico.

“Estar” u “ocupar” pasivamente las redes sociales pueden llevar a una banalización de las relaciones sociales: en la necesidad de justificar una “acción apostólica” y el empleo del tiempo se pueden tener contactos, hacer nuevas “amistades” (recordando qué significa particularmente allí este término) y “cultivarlas”, reduciendo al frívolo trato social lo que debería estar apoyado primeramente en la relación personal y conducir a la práctica sacramental.

Muchos dicen que se precisa el uso de las redes sociales para hacer convocatorias o transmitir informaciones de la parroquia o el apostolado. Ciertamente, los social network son herramientas valiosas. Pero igual podría transmitir esa información un laico que de suyo las conoce y utiliza y que seguramente lo puede hacer muy bien, dejando al sacerdote más tiempo para el apostolado que le es propio, o gestionándole un perfil de red social. Si es sólo por eso, es justo meditar la oportunidad, conveniencia y objetivo verdadero para desear usar una red social.

2. No se trata sólo de usar

El agere sequitur esse del alma consagrada, del sacerdote, tiene un especial matiz cuando recuerda que el obrar es la manifestación de lo que se es. ¿Cómo pensar en un sacerdote usando un medio digital lejos de su identidad? Un alma consagrada que usa internet está llamada a ser un testimonio digital. Va a internet no a transmitirse a sí mismo sino a dar a Dios. Y en la medida que da a Dios se da a sí mismo. Como se ha visto, no se trata sólo de ocupar internet. En ese continente digital el sacerdote no es un receptor pasivo de contenidos, está llamado a ser emisor creativo del Contenido más grande, actual y maravilloso: Cristo. Y obviamente, en la medida que da, también recibe.

No hace falta ser una profesional de la comunicación para percibir que algunos proyectos de cariz católico, no pocos impulsados por sacerdotes, tienen una presentación pobre. En ocasiones terminan desapareciendo sea por el escaso número de visitantes que se benefician del proyecto o que lo valoran, sea porque la persona que lo impulsó no está convencido del mismo.

Me parece que al menos deberían considerarse varios puntos a la hora de poner en marcha un proyecto digital (sin que el orden sea el que a continuación se da):

1. Valorar serenamente la conveniencia del mismo.
2. Identificar claramente la especificidad del proyecto.
3. Sopesar las garantías de continuidad de la iniciativa.
4. Encontrar la manera de hacer una adecuada promoción.
5. Contar con los recurso humanos (personal y tiempo, lo que a su vez implica un horario y meditar la inversión de tiempo que se destinará a la iniciativa) y económicos para llevarlo adelante.
6. Definir un plan de desarrollo.
7. Ofrecer las oportunas medidas de enriquecimiento del proyecto, tanto en el aspecto técnico como de gestión.

El agere sequitur esse del sacerdote y del consagrado (a) es ser comunicador. Lo es por vocación cristiana y de modo especial por lo que su vida significa y representa para la Iglesia. “No hay que olvida –recordaba también Benedicto XVI en su mensaje para la jornada mundial de las comunicaciones sociales de 2010– que la fecundidad del ministerio sacerdotal deriva sobre todo de Cristo, al que encontramos y escuchamos en la oración; al que anunciamos con la predicación y el testimonio de la vida”. De nada sirve “ocupar” internet si no se actúa creativamente. Y de poco valdría la actividad si no es el fruto de una íntima unión con el Señor, de una vida santa.