domingo, 16 de mayo de 2010

La Iglesia no es fruto de estrategias políticas y de marketing

Han tenido la bondad de enviarme la homilía que ofreció mons. Fernando Chomali, obispo auxiliar de Santiago de Chile, en la celebración eucarística durante el reciente encuentro de Juventud y Familia del Movimiento Regnum Christi 2010.

Es un texto muy valioso y confortante en los momentos que vive la Iglesia. Palabras llenas de fe pero también de realidad ante un auditorio que ha vivido y sigue viviendo una situación muy particular; palabras válidas para todos los fieles; reflexiones claras y esperanzadoras que vale la pena considerar.

***

En estos días los católicos nos hemos escandalizado de las noticias que llegande todas partes del mundo y hemos sufrido mucho.

Muchos, llegan a tener profundas dudas existenciales y crisis de fe frente a los hechos que hemos ido conociendo. Y no es para menos. Es grave, gravísimo que un sacerdote abuse de un menor.

Otros, viendo las noticias, han perdido la esperanza y se preguntan en quién podrán confiar. He venido hasta este lugar para que juntos renovemos nuestra fe y nos demos un nuevo impulso hacia la esperanza, aquella esperanza en aquel que hemos puesto toda nuestra esperanza, Jesucristo.

Este tiempo ha sido especialmente doloroso, sobre todo porque sumado a la reacción de cada uno de nosotros se suma una exacerbación de los hechos a través de los medios de comunicación social que aumenta el dolor, reabre las heridas y nos confunden más. Aparecen las preguntas que nos corroen el alma.

¿Será cierto que la Iglesia es la Iglesia de Jesucristo? ¿Será cierta su enseñanza? ¿Hemos de creer en la palabra de nuestros pastores? ¿Tuvo sentido haber creído en la Iglesia, tuvo sentido habernos educado y educar a nuestros hijos al interior de ella?

Son preguntas que están en el corazón y en la mente de muchos. Es esta la hora en que necesitamos discernir y responderlas.

Necesitamos más que nunca inteligencia, sabiduría. Necesitamos hoy, más que nunca, claridad en nuestro pensamiento para no dejarnos llevar por la rabia, el reproche, la descalificación fácil, el pesimismo estéril.

Obvio, evidente: cómo quisiera que todos los católicos fueran verdaderos discípulos de Jesucristo y lo siguieran en pobreza, castidad perfecta como la del Señor, y de modo especial los consagrados y consagradas, sacerdotes, obispos y religiosas.

Cómo quisiera que ninguno de los abusos a menores se hubiesen dado, y menos de parte de quienes tienen la misión de cuidarlos y darles a conocer a Cristo quien tuvo una especial predilección por ellos y advirtió severamente que quien recibe un pequeño en su nombre a El lo recibe y que el que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar (Mt. 18,5). Cómo quisiera que nunca hubiese habido tanta injusticia y tanto dolor. Cómo quisiera que esto fuera sólo una pesadilla y que nosotros siguiéramos gozando de nuestra pertenencia a la Iglesia como un gran regalo, y no tuviésemos que dar explicaciones respecto de nuestra fe.

Pero la realidad es otra. Y ello nos golpea lo más profundo de nuestro ser. Permítanme reflexionar y preguntarme: ¿he de extrañarnos que en medio de mil cien millones de católicos, cinco mil obispos, cuatrocientos mil sacerdotes, seiscientas cincuenta mil religiosas, ciento veinte mil seminaristas, haya algunos que traicionen la causa del Señor, pequen y delinquan? Basta mirar el grupo de los primeros doce apóstoles para darse cuenta que no nos debe extrañar.

¿Acaso, y al mismo tiempo, no fue la traición al Señor, el pecado más grave de que además se hizo a cambio de algunas monedas, que paradojalmente nos valió la manifestación plena del amor de Dios manifestado en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo? ¿Acaso nuestra Iglesia no quedó cimentada en Pedro, quien lo negó tres veces? ¡Y ya lleva dos mil años!

La verdad es que hoy seguimos crucificando al Señor con la traición de quienes atentaron contra los niños y con la negación de muchos que decían amar a la Iglesia.

La Cruz de Cristo humea como si fuera ayer. Pero de igual manera y con la misma fuerza se manifiesta día a día, minuto a minuto la resurrección del Señor cada vez que un matrimonio se declara amor, cada vez que despunta una nueva vida, cada vez que alguien visita a un preso y a un enfermo, cada vez que en el silencio rezamos por nuestros amigos y enemigos en definitiva, cada vez que florece una flor y aparece una sonrisa. Si, hoy, cada vez que despunta el día, Dios nos sigue asombrando con su presencia y su amor.

No será que la desazón se debe también a que nos olvidamos de la grandeza de Dios y la fuimos sustituyendo por la pequeñez de hombres de carne y hueso a quienes endiosamos. No endiosen a los sacerdotes. Nos hacen un daño inmenso. ¡No lo hagan! No será que se nos pide volver a la fuente, a Dios mismo porque cuando ello no ocurre entonces es fácil desilusionarnos. ¿Acaso no nos recuerda San Pablo como se les recordó a la comunidad de Corintos que llevamos un tesoro en vasijas de barro? Y que ese tesoro, Jesucristo, actúa, incluso hace milagros con esas vasijas de barro que somos cada uno de nosotros. ¿No es acaso un milagro todo lo que ha hecho en estos 2000 años de historia? Incluso a pesar nuestro. ¿No es acaso un verdadero milagro que a pesar de nuestra pequeñez y flaqueza y debilidades siga operando? Ese es el milagro. La Iglesia la construye Jesús no sólo a pesar del barro sino que con el barro para que así, nadie se gloríe de su propia obra sino sólo de la de Él, del Salvador.

¿Acaso no resuenan hoy, en medio de este drama que nos impulsa a huir, con más fuerza las palabras de Pedro: Señor dónde iremos si sólo tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Hijo de Dios (Jn. 6,68)?

¿Acaso nos olvidamos que nos dijo que sin Él nada podíamos hacer? Sí, sin Jesús nada podemos hacer y llegó la hora de poner la confianza en El, de mirarlo a El porque si los hombres nos decepcionan no nos va a decepcionar Dios. Dios no nos va abandonar aunque la barca de Pedro se mueva por los pecados de los hombres y tengamos la sensación de que no pescamos cuando tiramos las redes.

Eso lo tengo claro y no porque lo diga yo sino porque Él mismo lo dijo. Estaré con Ustedes hasta el fin de los tiempos y las puertas del infierno no podrán contra la Iglesia (Mt. 16,18).

¿Acaso no nos dijo que está tan bien cimentado su Edificio, la Iglesia, que aunque vengan los vientos huracanados, vengan las tormentas y los torrentes el edificio está firme porque no es obra humana, no es fruto de estrategias políticas ni de marketing sino que es obra de Dios mismo?

¿Acaso no nos dijo también que el trigo y la cizaña van a crecer juntos y que por lo tanto será la perseverancia frente al acecho del mal lo que importa (Mt. 13, 29)? De los perseverantes será el Reino de los cielos. De los que fueron fieles.

Frente a esta realidad que la vivimos día a día sólo nos queda repetir con San Pablo (Rom. 8,35) que nada, absolutamente nada, ni siquiera la muerte y el pecado, nos va a separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Ahí radica nuestra esperanza, nuestra fortaleza, nuestra alegría y nuestro futuro.

Quiero ir todavía más lejos. Permítanme ir más lejos en estos días aciagos. Miren la cruz. Miremos la cruz. ¿Qué vemos? Vemos al justo, al santo, al inocente, al que pasó haciendo el bien crucificado. Él fue traicionado y su vida, mirando la cruz, es un fracaso. Da la impresión que ganó el pecado y la injusticia, pero ese fracaso era solo apariencia de fracaso. Puesto que terminó siendo la manifestación más grande de su amor al decirnos que los muertos no están muertos sino que resucitan. Esperemos la acción de Dios que es capaz de sacar bien del mal.

¿Acaso no nos dice San Pablo que dónde abundó el pecado mucho más sobreabundó la gracia? Seamos pacientes incluso si el Señor duerme en la proa de la barca. Es la hora de Preguntarle al Señor como lo hicieron los discípulos arriba de la barca: ¿no te importa que perezcamos? Seguro que nos contesta ¿por qué tenéis tanto miedo? Y seguro que calmará la tormenta (Mt. 4,41). Seguro.

Quiero contarles un secreto. Hoy, en medio de una Iglesia denostada y humillada como nunca por los medios de comunicación social, pero sobretodo herida, como nos lo recordara Benedicto XVI por el pecado de algunos de sus ministros, puedo decir que como nunca he recibido cariño y aprecio sincero por ser sacerdote. Esa experiencia la hemos vivido muchos.
Las personas intuyen el valor del sacerdocio y nos conocen en la vida real. Creo que esa muestra de cariño es al mismo tiempo la búsqueda de respuestas a preguntas muy profundas. Pregunta y exclamación he visto en los ojos de muchos católicos. Sí, he visto en quienes nos aprecian en sus ojos que nos dicen:

Persevera ¿quién rezará por nosotros?
Persevera, ¿quién nos consolará en el momento de la aflicción?
Persevera, ¿quién nos perdonará en nombre del mismo Dios?
Persevera, ¿quién nos recordará que cada hijo es una bendición en medio de 50 millones de abortos al año considerados como signo de desarrollo?
Persevera ¿quién nos bendecirá?
Persevera, ¿quién nos hablará del amor de Dios?
Persevera ¿quién le dará sepultura a nuestros difuntos y nos dirá que resucitarán?
Persevera, ¿quién nos ayudará a encontrarle sentido a la vida a la luz de Cristo que es el camino, la verdad y la vida?
Persevera ¿Quién nos ayudará a educar a nuestros hijos?
Persevera. ¿Qué haríamos los domingos sin la Misa?
Persevera. ¿En medio de tanto egoísmo, individualismo e indiferencia, quién nos recordará que los pobres no pueden esperar?
Persevera. ¿Quién nos recordará que hay presos, enfermos y afligidos por visitar y consolar?
Persevera. ¿Quién nos dirá en medio de tanta ostentación que la sencillez de vida es un valor?

Con todo quisiera repetir una y otra vez. No hay espacio en el sacerdocio para los que dañan a los jóvenes. No hay espacio y quien lo haga tendrá que responder ante Dios y la justicia. Es un crimen horrendo a los ojos de Dios, un crimen, y el daño que produce es inmenso.

Pero tampoco hay espacio para quienes se gozan de nuestra herida, para quienes se gozan al verla supurar. Qué dolido estoy cuando, en un programa de radio en medio de una tertulia donde se comentaba un caso de acusaciones en contra de un sacerdote chileno, un contertulio decía que todo aquello estaba entretenido. Si, entretenido. Es una crueldad y una inhumanidad encontrar entretenido el drama de una persona denunciada, el drama de unas personas que denuncian haber sido abusadas y de sus familias. Con las heridas de una comunidad no se juega, no es motivo de entretención. Sino que de oración y de preguntarse qué hago yo para que nada de aquello nunca más ocurra.

No nos dejaremos convertir en material para un show mediático. Con el dolor no se juega, con el drama de una comunidad no se juega. No hay derecho a convertir en leña el árbol caído. La justicia si, sin duda, pero con caridad para no hacer de ella una venganza. La justicia sí, pero en la verdad, no fruto de rumores o pasiones.

San Pablo nos dice que sólo nos basta la gracia de Dios. Pongamos en Él nuestra confianza y sobre todo pidámosle a Dios que no nos deje caer en el desánimo y la desesperanza, sino que por el contrario, nos haga valorar con más fuerza nuestra Iglesia y renovemos con mayor intensidad nuestra fe en Él.

Pero sobretodo trabajemos con más intensidad para que la viña del Señor sea el lugar dónde resplandezca el amor de Cristo y su Santidad. Este tiempo de purificación, este tiempo en que pedimos perdón por el daño que algunos han causado es también el tiempo de valorar y agradecer cuánto nos ha dado Dios a través de su Iglesia, la que a pesar de frágiles hombres y mujeres que se consagraron a Él ha hecho una obra maestra que brilla con su luz donde hay oscuridad, brilla con su esperanza donde hay desesperanza, brilla con la verdad donde hay mentira, brilla con la caridad dónde hay odio. Ello se vive en nuestros colegios y parroquias y no me equivoco cuando afirmo que no hay lugares más seguros que éstos para sus hijos. No los hay.

Que la Santísima Virgen María nos cuide y nos ayude a renovar un sí cada día más convencido a Dios y por su intermedio a toda la humanidad.