jueves, 12 de agosto de 2010

El sistema Waldorf y la felicidad futura

La elección del colegio donde estudiarán los hijos es una de las decisiones más trascendentes que toma un matrimonio. Entre las consultas que suelo recibir, a últimas fechas una de las más recurrentes ha sido la relacionada con las instituciones académicas que siguen el así llamado “sistema pedagógico Waldorf”. El cuestionamiento va encaminado hacia una valoración general del mismo. A continuación ofreceré algunas respuestas breves y esenciales.
El sistema pedagógico Waldorf fue iniciado y desarrollado por Rudolf Steiner (1861-1925) en Europa. Desde la inauguración de la primera escuela en Alemania, actualmente existen más de 1,000 en 40 países. El sistema está nutrido del esoterismo (dicho de una doctrina que sólo podrían recibir unos pocos), de la teosofía (denominación que se da a diversas doctrinas religiosas y místicas, que creen estar iluminadas por la divinidad e íntimamente unidas con ella), de una literatura que incluye a autores ateos como Nietzshe y de la antroposofía (explicación pseudo filófica y espiritual de Dios, el hombre y el mundo), de la que se considera él mismo fundador.

En la antroposofía de Rudolf Steiner se mezclan, además, espiritualidades y creencias orientales al grado de creer en Cristo como ser superior y, a la vez, aceptar la reencarnación y la posibilidad de alcanzar la divinización de uno mismo por medio de un esfuerzo personal que implica liberarse de todas las ataduras (ley natural incluida y valores morales también). Varios autores señalan a Steiner como uno de los principales propagadores de la new age.

El sistema pedagógico tiene tres niveles graduales: primera infancia (0-6 años), niñez (7-13 años) y adolescencia (14-21 años). La UNESCO (dependencia de las Naciones Unidas para la ciencia y la educación avala el sistema).

Dicen de su método en uno de sus portales: “En el Primer septenio, es decir en los primeros 7 años, los niños realizan actividades que tienen que ver con los sentidos y el desarrollo de la corporalidad. En la segunda etapa, el objetivo es descubrir el mundo. Se aborda durante alrededor de cuatro semanas un tema específico. El tercer septenio que esta destinado a los jóvenes de 14 a 21 años, apunta a la búsqueda de lo verdadero. Otra diferencia es que no hay un director, sino un consejo de maestros que discute los asuntos pedagógicos y resuelve los problemas. Además, los padres tienen una participación activa en todo el proceso. Lo que marca la diferencia entre una escuela Waldorf y la educación tradicional tiene que ver con que la manera de impartir la autoridad y el sistema de evaluación: Hasta los 12 años se califica a los chicos conceptualmente para no fomentar la competencia. Ya cuando son más grandes se incorporan las calificaciones, pero sin dejar de lado el aspecto conceptual”.

Una primera valoración sobre la pedagogía invita a un acercamiento prudencial sobre el punto de la autoridad. ¿La experiencia del colegio –donde no hay autoridad– no puede trasladarse también al hogar? Y si así es, cómo ejercer el papel de madre o padre de familia donde ese valor es una necesidad. Y a un nivel más amplio, cómo apreciar el orden social, la ley natural y divina (los mandamientos). Más que ausencia de autoridad, todo sistema debe enseñar a vivirla para luego ejercerla adecuadamente. De otro modo se corre el riesgo de la anarquía, incluso en la propia casa. Y vista en clave de futuro, sin sentido de la autoridad difícilmente se reconocerán límites, se asumirán responsabilidades y se ejercerá debidamente.

Sobre el punto de la ausencia de evaluaciones, puede ser un rasgo práctico de la libertad buscada y que puede derivar en libertinaje; puede sutilmente indicar que la medida es uno mismo (relativismo) y de ese modo la verdad ya no depende de lo objetivo sino del sentir subjetivo o de la opinión de una mayoría.

Yendo a la relación con la fe, el panorama es todavía menos halagüeño: si a “dios” se le alcanza por un esfuerzo personal, entonces Dios, el verdadero, ya no lo es; porque es Él quien baja al hombre, no el hombre quien accede a Dios por sus fuerzas: la fe es un don, no una conquista. La desdivinización de Dios y la divinización del hombre es algo presente en las entreñas del sistema Waldorf. Y al ser un esfuerzo personal, el sacrificio de Cristo en la cruz queda sin sentido.

En las manos de los papás está tomar decisiones que van más allá de elecciones que saquen de apuros momentáneos. Tal vez ahora puedan restar una preocupación pero lo más probable es que sea también el germen de conflictos futuros más graves. Y es que un hombre o mujer sin fe son seres humanos sin valores. Y cuando los valores faltan difícilmente la felicidad, la verdadera, llega.