lunes, 23 de agosto de 2010

Google y el negocio de la información personal

Ari Brand es un joven actor de 26 años que vive en Manhattan. Entre otros servicios de Google, usa una cuenta de correo electrónico y también al famoso buscador. En Google saben qué ha enviado y recibido Brand desde que abrió su cuenta de correo electrónico en 2006; saben qué ha buscado e incluso que pagó 733 dólares por un televisor de pantalla plana, porque descargó información sobre la compra en Google Docs.


Imaginemos que Google cruza todos esos datos aislados con programas que los unifican; imaginemos que además los relaciona con los que de hecho el usuario da libremente al hacer uso de los diferentes servicios de la empresa; imaginemos que al visitar la web de Google se instalan automáticamente y sin previo aviso archivos de cookies (programas para seguir las actividades de las personas en internet) y, ya fuera del portal que nos ocupa, van saltando anuncios publicitarios de acuerdo al nuevo website que se está visualizando (por ejemplo, visitando un portal de venta de mascotas, saltan anuncios de venta de animales o de otras tiendas on line de mascotas); imaginemos, por último, que Google vende todos esas referencias y oportunidades a terceros… y que en el peor de los casos un bandido digital –hacker– logra robar esa información.

Los límites a la hora de beneficiarse de los datos de los usuarios, la licitud y conveniencia para que empresas como Google negocien la información de quienes usan sus servicios e incluso la hipotética posibilidad de cobrar para que los cibernautas no vean anuncios que no pidieron ni buscaron, son puntos que saltan a la luz en un artículo publicado por The Wall Street Journal.

El artículo de The Wall Street Journal no parte de una posibilidad quimérica sino de un documento real que data de 2008 y en el que se aborda la posibilidad que contempla Google para sublicenciar información de usuarios a otras empresas, bajo pago; una especie de declaración de objetivo que consiste, como dice el artículo firmador por Jessica E. Vascellaro, en “rastrear a gente en línea para beneficiarse de sus acciones”.

El artículo destaca que en el pasado Google se ha negado a vender información, pero dado el crecimiento de rivales como Facebook, Microsoft, Yahoo o America on Line, ha sido tan acelerado que o explota el potencial que tiene como la empresa de internet más importante, o corre el riesgo de quedar rezagada (tan sólo en el mes de junio de 2010, el 75% de los usuarios globales de internet usaron alguno de sus servicios, según comScore). “Durante años, las compañías más fuertes eran las que tenían más tráfico de visitantes. Ahora, el poder lo tienen aquellas que tienen el mayor número de datos y son las más inteligentes en usarlos”, escribe Vascellaro.

Las revelaciones del documento citado por The Wall Street Journal incluyen acciones que ya han realizado o están por acometer para implementar sus cometidos. Menciona, por ejemplo, que en 2007 Google compró por US$ 3,100 millones a DoubleClick Inc., una famosa empresa de anuncios que se valía de cookies para rastrear y conseguir cibernautas. Pronto “comenzó a colocar cookies de DoubleClick en cada página donde Google vendía anuncios destacados”.

Según el artículo, Google “tiene previsto podría comenzar a vender anuncios en la web basándose en los datos de la gente en sus cuentas de Gmail, y de su servicio de pago Checkout Service, rival de PayPal, de eBay Inc.”.

El artículo de The Wall Street Journal y las revelaciones que contiene nos pone de frente a una realidad que no sólo atañe a Google. La publicidad en los perfiles de redes sociales, en las bandejas de correo electrónico o en las ventanas que saltan sin buscarlo cuando se visitan algunos websites, recuerdan que las empresas que brindan los servicios no son obras de caridad ni organizaciones filantrópicas. Subsisten gracias al dinero que perciben por concepto de ventas de anuncios. Comprensible que entre más usuarios y datos posean, más atractivos serán para las empresas que quieran contratar sus servicios.

Lo anterior también invita a ponderar una vez más los datos que libremente se suben a la red y la necesaria prudencia que se debe tener al hacerlo.

Desde luego que el velo corrido por The Wall Street Journal pone el dedo en otras llagas: si ya de por sí es conflictivo el que alguien lucre con nuestra información, ¿por qué una empresa podría incluso rastrear el itinerario de las personas que usan la web, una vez que abandonó la suya? Esta parece ser una tarea pendiente para las legislaciones internacionales.

"En la época del auge de Internet y de las redes sociales, los ciudadanos informáticos del siglo XXI dejan en todo caso demasiadas marcas digitales en la Red. ... En los albores de esta nueva era digital, es urgente que el internauta abandone su relativa pasividad y empiece a aprender a desconfiar. Divididos entre la tentación de revolucionar las formas de comunicación y la de obtener beneficios económicos de sus invenciones, los personajes de la Red que aseguran no haber hecho nunca el mal ya no son nuevos emprendedores desinteresados, sino compañías en busca de ganancias. Frente a ellas, el ciudadano debe comportarse como consumidor exigente y vigilante", decía Dabiv Barroux en un artículo publicado en el periódico francés Les Echos (cf. 20/08/2010 véase artículo original).

Por lo pronto, parece que Ari Brand tendrá que conseguir e instalar en su computadora una lista de programas anti espías y seguir vigilando con responsabilidad lo que libremente sube a la red.