sábado, 11 de diciembre de 2010

La Virgen de Guadalupe y su trascendencia en la historia de México

Se ha llegado a decir que oficialmente México es un país con poco más del 85% de católicos y con un 100% de «guadalupanos». Sin entrar en discusiones sobre esa consideración popular y yendo más allá del valor religioso que entraña la Virgen de Guadalupe, es evidente que ningún otro icono mariano congrega a tantas personas ya no sólo en México sino a nivel mundial.

De acuerdo a datos de 2009, 6 millones 128 personas visitaron a la «morenita del Tepeyac» entre el 11 y 12 de diciembre de ese año. Pero la capacidad de unión del «acontecimiento guadalupano» no es un hecho cultural y social únicamente de hoy. Su papel en la historia de México no queda limitado a un dato estadístico-religioso más o menos actual ni reducido a una expresión pasada del fervor y la piedad del pueblo mexicano.

María de Guadalupe constituyó el evento que orientaría la historia de la incipiente nación mexicana: en un momento en que el encuentro entre españoles y los diferentes pueblos dispersos de lo que ahora es México (aztecas, mayas, tlaxcaltecas, chichimecas, etc.) supuso un fuerte choque cultura y no pocas fricciones bélicas, «La Guadalupana» irrumpe en la historia poniendo las bases para un fuerte vínculo de unión que posibilitó la conformación de una identidad cultural y de una conciencia nacional.

Paul Badde, periodista del diario alemán Die Welt, llega incluso a decir que «Fue María de Guadalupe quien integró todo un continente a la cultura occidental» (cf. La Morenita. Cómo la aparición de la Virgen configuró la historia universal, Buena Prensa).

El papel de la Virgen María en su advocación de Guadalupe no quedó restringido al principio de la constitución de México como país; fue un elemento esencial en el proceso de independencia y sigue siendo el símbolo de identidad nacional.

Cuando el sacerdote Miguel Hidalgo inició el movimiento independentista en 1810, el estandarte que sirvió como lazo de unidad y motivación para los primeros compañeros de batalla fue precisamente uno con la imagen de Santa María de Guadalupe. No es aventurado decir que fue también ella el aliento en los momentos adversos y que, en no pocas ocasiones, sirvió de consuelo en las victorias perdidas y como depósito de gratitud en las ganadas.

Años después otro sacerdote, José María Morelos y Pavón, tomó la batuta dejada por Hidalgo, retomó el icono guadalupano para seguir enarbolando los ideales pro independencia.

Fueron devotos de la «morenita del Tepeyac» Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide (éste último verdadero consumador de la independencia, aunque la historia «oficial» lo haya olvidado). A Iturbide se debe la mención explícita de la religión como elemento unificador del naciente Estado mexicano. En este contexto, hacer referencia a la religión y hacer alusión a la Virgen de Guadalupe es casi la misma cosa.

Cuando un siglo después comenzó la «Revolución mexicana», no se alzó ya el lábaro guadalupano. No hacía falta: ya estaba grabado en las conciencias en forma de principios cristianos que contestaban las injusticias sufridas. Y fue esa conciencia formada por el cristianismo, gracias al papel de María de Guadalupe, la que logró movilizar a un país aunque, el resultado, fuera una Constitución que restringía la libertad religiosa de sus ciudadanos.

Un intelectual al que no se puede calificar precisamente de amigo de la religión, Ignacio Manuel Altamirano, escribía: «Si hay una tradición verdaderamente antigua, nacional y universalmente aceptada en México, es la que se refiere a la Aparición de la Virgen de Guadalupe […] No hay nadie, ni entre los indios más montaraces, ni entre los mestizos más incultos y abyectos que ignore la Aparición de la Virgen de Guadalupe […] En ella están acordes no sólo todas las razas que habitan el suelo mexicano sino, lo que es más sorprendente aún, todos los partidos que han ensangrentado el país, por espacio de medio siglo […]. En último extremo, en los casos desesperados, el culto a la Virgen mexicana es el único vinculo que los une […]. La profunda división social […] desaparece también, solamente ante los altares de la Virgen de Guadalupe. Allí son igualados todos, mestizos e indios, aristócratas y plebeyos, pobres y ricos, conservadores y liberales […] En cada mexicano existe siempre una dosis más o menos grande de Juan Diego».

Históricamente México debe a María de Guadalupe su conciencia nacional y, en consecuencia, su misma constitución como país soberano e independiente.

Celebrar los doscientos años del inicio de la independencia de México debería implicar recordar y celebrar también el papel de aquellos que la hicieron posible, tanto en el inicio, como en el desarrollo y en su consumación. Y en todo esto quizá se ha olvidado el protagonismo de una mujer, del papel de la fe, de la Virgen María de Guadalupe, quien sigue siendo elemento de unidad y motivo de esperanza para un país asolado por el flagelo de la delincuencia organizada. Muy encima de denominaciones políticas y consideraciones ideológicas.