sábado, 18 de diciembre de 2010

Los libros del Nobel 2010 no los pudo leer su hija… por inmorales

Uno de los modos de comunicarnos entre los legionarios es el correo electrónico. Gracias a él podemos estarnos cercanos, compartir ideas, experiencias y también material útil para el apostolado, la vida espiritual o académica. Una expresión del ambiente de familia.

El 9 de diciembre mandé a un grupo de sacerdotes y religiosos el discurso que Mario Vargas Llosa, Nobel de literatura 2010, dio en Suecia con ocasión de la recepción del premio («Elegio de la lectura y la ficción»). Yo mismo lo había recibido primero del padre Antonio Rodríguez, L.C., un gran sacerdote que ha servido a nuestra familia religiosa durante muchos años como prefecto de estudios y profesor de humanidades en Cheshire, Estados Unidos.

Les comenté a mis hermanos los valiosos elementos de cultura general presentes en el texto, el buen manejo del lenguaje y la riqueza de las imágenes; les decía que me llamó la atención las partes donde habla de su formación, empezando por el agradecimiento al religioso lasallista –el hermano Justiniano– que le enseñó a leer (y que indirectamente ayuda a reflexionar sobre el bien que la Iglesia hace en el campo de la educación, a tantas personas). Mencioné, por último, que por supuesto no se trata de «canonizar» al autor de origen peruano pues su pensamiento dista del Magisterio de la Iglesia en no pocos puntos (se entiende si se conoce su trayectoría que una vez fue marxista y ahora es liberal. Juanjo Romero trató este tema en su blog), pero que podíamos admirar y valorar algunas ideas de estilo presentes en el discurso que, por lo demás, es muy iluminador en el campo literario (además de las críticas a las dictaduras actuales).

Un sacerdote, el padre José Antonio López Orozco, L.C., tuvo la bondad de responder y compartir una anécdota vivida con el Nobel 2010 hace ya varios años. El «padre López» es un sacerdore ampliamente conocido en la congregación y también erudito en el mundo literario (como el padre Rivero y el padre Herrero, quienes también aparecen en la historia). La transcribo tal cual:

«Ante todo les envío un cordial […] quisiera referirles una historia que viví allá cuando era joven. Corría el año 1988 y el P. Juan Manuel Dueñas nos permitió a los PP. Antonio Herrero, Antonio Rivero y un servidor asistir a unas ponencias teológicas y culturales de eminentes personajes, entre ellos el entonces cardenal Joseph Razinger y otros más, entre los que se encontraba Vargas Llosa.

El P. Antonio Rivero y yo acudimos a la ponencia de Vargas Llosa, que duró aproximadamente hora y media, sobre su obra en el contexto de la historia latinoamericana. Ponencia interesante, por cierto, pues por aquellas fechas se estaba lanzando como presidente de su país. Se refería a la literatura como la redentora de los desmanes de la sociedad. El caso es que al final nos dieron oportunidad de preguntas y el P. Rivero lanzó la siguiente al expositor, don Mario Vargas Llosa:

- «¿Disculpe, don Mario, quiero preguntarle lo siguiente: he leído varias de sus obras y en ellas encuentro descripciones bastante inmorales y carentes de juicios de bien o mal, cree Usted que esto es correcto en un escritor de la talla de Usted? ¿Es correcto describir el mal regodeándose en él, sin ofrecer un criterio moral?»

Un tanto desconcertado, el escritor respondió:

- «Mire, Padre, yo soy literato y no soy moralista; la moralidad la dejamos para los curas…».

El P. Rivero, con muy buena compostura, argumentó:

- «Pero tenga en cuenta que en la mente de Aristóteles, en su tratado sobre la estética, refiere que el escritor es el transmisor de valores y cuando deba tratar temas morales complejos, ha de hacerlo no para regodearse en ellos, sino para educar, civilizar, enseñar el bien, como por cierto lo hicieron tan bien Sófocles, Eurípides, Esquilo y muchos más literatos griegos. Dice Aristóteles que el escritor es como el “Iereus” de la sociedad…

Vargas Llosa, algo incómodo, y con aires de grandeza –al menos esa fue mi impresión– respondió:

- «La literatura, como el arte, debe expresar situaciones como son, como ocurren, sin otro afán que hacer gala de las buenas letras, respetando a Aristóteles. En esta clave lea mis libros…».

El P. Rivero, armándose de brío español, clavó una banderilla:

- «Señor Mario, no sé si usted sabe que dos de sus libros, “La ciudad y los perros” y “La casa verde”, son materia obligatoria para chicos de preparatoria. Muchachos y muchachas de 15-18 años. ¿Qué opina?»

Ufano y orgulloso comentó el Señor Vargas Llosa:

- «¡Ah, qué bueno!... Los jóvenes deben conocer las situaciones de la vida para que aprendan…».

La banderilla del P. Rivero se convirtió en espada victoriosa cuando le dijo:

- «Tengo entendido que usted tiene una hija jovencita, creo que debe tener entre 15 y 17 años... ¿Dejaría en sus manos abiertamente estos dos libros?»

El semblante de don Mario se ponchó como un globo; se llevó las manos a la cabeza y, con un deje de vergüenza, respondió:

- «¡Jamás! No, mis libros no son para mi niña. Ella todavía no está preparada para leer algunas duras narraciones que expongo…».

Un silencio total invadió la sala atestada de 2.000 cursillistas. Sólo fue roto por las palabras del famoso escritor que dijo: «¿Tienen otra pregunta?».

El padre Rivero, actual profesor de teología en el seminario Maria Mater Ecclesia de Brasil (un seminario de la Legión al servicio de los obispos brasileños), me dijo después que Vargas Llosa le interceptó y le dijo: «Oye, cura, se ve que estás bien convencido de lo que dices, y te respeto…Muchos curas como tú y…».

La moralidad sí es un valor, también para Vargas Llosa. No para el escritor, sí para el «papá». Y esto puede ayudar mucho a otros padres de familia que deben pensar y actuar como la única persona que son al momento de educar a sus hijos.