sábado, 8 de enero de 2011

Cuando la televisión se convierte en una red social

Clay Shirky, conocedor de los nuevos medios digitales cuenta la historia de una niña de cuatro años quien, viendo la televisión con sus padres, se pone de pie y camina hacia la parte trasera de la pantalla buscando «algo». Cuando el papá le pregunta qué está haciendo la niña responde: «busco el mouse».

Los informes más recientes reflejan un aumento en el consumo de internet y un retroceso en el consumo de televisión (por ejemplo el de la medidora IBOPE. También es interesante el «Informe de Internet en España y en el mundo 2010», de TATUM. Se puede consultar en el siguiente enlace). ¿El motivo? Las redes sociales posibilitan la interacción.

Son más o menos familiares los beneficios que dan las redes sociales y el sentido tan arraigado que en ellas hay de participación y de influencia. Esto lo saben los productores de televisión y es ahí donde podemos encontrar una respuesta al porqué de las nuevas modalidades de programas y series para la pantalla chica.

La capacidad de influencia y participación del público es un factor que se distingue en el tipo de programación que se emite: antes la interacción con el auditorio era nula o limitada, ahora es el público quien llega a decidir el final de una serie o novela, la muerte o permanencia de un personaje en las historias o concursos, el éxito o el fracaso de canales de televisión completos e incluso la puesta en marcha o rechazo de nuevos proyectos.

La tevé se ha convertido en otra forma de red social donde ya no se puede dejar de lado la participación del televidente. De hecho, entre más participe éste, más se crearán vínculos afectivos: se formará un gancho que le hará permanecer prendido al producto en base a ese sentimiento de relación al que se puede llamar «sensación de ser tomado en cuenta».

Pensemos en programas como el ya tristemente célebre Big Brother. Desde luego no es el único caso.

En el afán de complacencias –y también en la lucha por la supervivencia en medio de la gran competencia en televisión– han aparecido no pocos programas de los más grotescos. Es verdad que quizá satisfacen una demanda real en algún sector del público, pero ahora convendría preguntarse si precisamente porque el público pide un tipo de programación determinada habrá que prepararla y emitirla. Tal vez apelando al querer de una mayoría se transmiten algunos contenidos, pero no está de sobra cuestionar si el criterio de la mayoría es en sí mismo bueno y conveniente.

La historia contada por Shirky termina con la pregunta de la niña de 4 años. Se puede completar con un papá que la toma en sus brazos y le explica que un buen medio de comunicación no sólo escucha a sus usuarios sino que también les educa en el bien. Las palabras estarían adaptadas para una niña de 4 años pero el contenido del mensaje no cambiaría.