miércoles, 19 de enero de 2011

Sus padres, al verla desfigurada la abandonaron y huyeron del hospital

Rara vez coloco en este blog artículos que no haya redatado el autor del mismo. Pero después de leer "La caricia a Benedetta", un artículo de L´Osservatore Romano en lengua española (número 3, 16 de enero de 2011), pensé que no podía dejar de compartir esta preciosa narración.

Lo hago también porque historias que reflejan el lado profundamente tierno, pastoral y humano de Benedicto XVI no abundan en la prensa laica. Realmente una lectura que hace bien no sólo por presentarnos este rostro del Papa, también por cada una de las historias que se entrelazan y el testimonio especial de la niá de la habitación 22.

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«Tú serás bendita por siempre». Palabras dirigidas por el Papa a Benedetta, niña de un año de vida —transcurrido enteramente en su camita de hospital—, mientras con ternura acaricia su rostro desfigurado. Los prelados que lo acompañan en la visita al Gemelli se inclinan sobre la cuna; miradas atónitas, llenas de compasión. Y una personalidad del séquito murmura, conmovida: «Este es el rostro de Cristo que sufre».

El secretario particular del Pontífice se detiene un instante ante esa cuna; sigue acariciando las manitas inertes mientras repite: «Eres guapa, Benedetta, eres guapa» y casi no logra marcharse. Habitación 22, servicio de pediatría, quinta planta del Policlínico universitario Gemelli de Roma. Aquí se ha escrito quizás una de las páginas más bellas y conmovedoras de estas fiestas navideñas.

Es la víspera de la Epifanía del Señor y Benedicto XVI decide hacer un poco de compañía a los pequeños ingresados en ese hospital romano. La ocasión es la bendición del novísimo Centro para el cuidado y la asistencia de los niños con espina bífida. El Papa llega poco después de las cinco de la tarde y sube directamente a la quinta planta, servicio de pediatría. Lleva consigo un regalo para cada uno de los pequeños internos. Entra en cada habitación. Comienza por Suami, una niña peruana. Le regala un oso de peluche: es más grande que ella, pero Suami lo estrecha entre sus brazos. Está feliz.

Para Andrea, un niño filipino, y para Paolo tiene un tren y un teléfono que habla. Edoardo llora a lágrima viva. El Papa lo mira un poco desconcertado, no sabe qué hacer: ¿acercarse? ¿acariciarlo para tratar de calmarlo? Luego le pone en las manos el muñeco colorado del ratoncito «topo Gigio». Edoardo deja de llorar y el Papa lo besa.

En la habitación de Samuele lo acoge su mamá, Chiara: Samuele se encuentra conectado a una máquina y está inmóvil en su camita. «Infinitas gracias, Padre» lo saluda Chiara. No tiene experiencia de jerarquías, pero sabe reconocer un gesto de afecto sólo para ella y para su pequeño.

Acoge la caricia del Papa como la de un padre. Evelina está concentrada en ocuparse del enorme conejo de peluche que el Pontífice acaba de darle; está visiblemente emocionada. «Mamá, —dice mirándola fijamente a los ojos—; podré decir a mis amiguitas del cole que he besado al Papa».

Y después Benedicto XVI entra en la habitación número 22, donde está Benedetta. Nació hace un año con una gravísima malformación cerebral. Sus padres, al verla nacer así de desfigurada la abandonaron y huyeron del hospital. Las enfermeras del servicio acogieron a Benedetta, le dieron este nombre. La cuidan como si fuera la hija de cada una de ellas. La colman de amor.

«Es un milagro que todavía siga viva» dice Claudia, pero podría ser Santina, o María o cualquier otra de las numerosas mamás de Benedetta. El Papa se conmueve al escuchar la historia de Benedetta. La acaricia largamente, con ternura. Hace la señal de la cruz en su frente y luego le susurra: «Tú serás bendita por siempre».

La visita continúa. Los ojos del Papa quedan velados de tristeza. Se encienden de nuevo cuando se encuentra rodeado por otros niños, abajo en el vestíbulo del Policlínico donde está previsto el discurso.

Sigue intercambiando dones con ellos: golosinas y peluches a cambio de tres figuras de los Reyes Mayos y muchos dibujos que el Papa agradece de modo especial.

Luego Francesca, de 15 años, con espina bífida, le dirige unas palabras de saludo y lo abraza en nombre de todos. Le confía todas sus esperanzas. Acaban de saber que la mirra representa el sufrimiento. «Aquí tienes nuestra mirra —dice al Papa— la ponemos en tus manos, Padre Santo, para que la lleves a Jesús. Rezaremos por ti. Por tu salud y para que nuestra oración te ayude a llevar el peso de los grandes problemas que tienes que afrontar cada día».

Por último, la despedida. Al igual que lo habían acogido, despiden al Papa el cardenal vicario Vallini, el obispo delegado para la asistencia religiosa en los hospitales de la diócesis de Roma monseñor Brambilla, el rector de la Universidad católica, profesor Ornaghi, y todo el personal.

Benedicto XVI regresa al Vaticano con las personalidades del séquito que lo han acompañado, entre los cuales están los arzobispos Fernando Filoni, sustituto de la secretaría de Estado; y James M. Harvey, prefecto de la Casa pontificia; su secretario personal monseñor Gänswein, su médico personal Polisca y el director de nuestro periódico.


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