martes, 12 de abril de 2011

Educación, internet y fe

Ofrezco el texto de la conferencia introductoria dictada a los estudiantes de licenciatura en ciencias de la educación, de la "Facultad de ciencias de la educación", del Centro de Estudios Superiores La Salle (Monterrey, México), este 12 de abril de 2010. La temática general versaba sobre el uso de las nuevas tecnologías en el proceso educativo.

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Fue durante la visita apostólica a Gran Bretaña cuando Benedicto XVI recordó con claridad cuál es la tarea del educador: «no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; la educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario. Se trata de la formación de la persona humana, preparándola para vivir en plenitud. En una palabra, se trata de impartir sabiduría. Y la verdadera sabiduría es inseparable del conocimiento del Creador» (cf. Saludo del Santo Padre a los profesores y religiosos. Colegio Universitario Santa María de Twickenham -London Borough of Richmond-, viernes 17 de septiembre de 2010).

En pocas líneas el Santo Padre traza un programa pedagógico que consiste en volver a las raíces del quehacer magisterial. En la Iglesia ese quehacer emana de la misión que le es propia: la evangelización.

Ciertamente es menester la enseñanza entendida como capacitación técnica para el desenvolvimiento adecuado en tal o cual profesión, pero el Papa va a un aspecto más profundo: la vida misma del hombre, ya no sólo en su dimensión material, también en la espiritual.

Ese principio del que habla Benedicto XVI (formación de la persona humana para vivir en plenitud) –con formulaciones más o menos iguales o aproximadas– cobró forma en lugares y momentos diversos. Uno de esos lugares y momentos fue la Francia del siglo XVII.

A san Juan Bautista de La Salle debemos el que la educación llegase a las clases menos favorecidas, por niveles y en lengua vernácula, no en latín, como era costumbre por entonces. También le demos lo que hoy sería la primera «universidad» para la formación de maestros y, desde luego, la fundación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas mejor conocidos como «lasallistas». San Juan Bautista quiso mitigar la pobreza material mediante la riqueza de la sabiduría, mediante la educación, que hacía al niño capaz de vivir y valerse por sí mismo.

Muchos otros santos han aportado no pocas novedades a la pedagogía que va de la mano de la fe evidenciando la dinamicidad que la Iglesia continúa regalando al mundo. Conocemos a beneméritas congregaciones y órdenes religiosas que continúan impulsando esta loable misión.

Hoy la educación sigue presentando el reto de no sólo aportar contenidos teóricos útiles para un momento de la vida. La cada vez más omnipresente invasión de las nuevas tecnologías digitales agrega un rasgo más a considerar en el proceso educativo en el que colaboran de una manera directa los profesores. En este contexto, ¿cómo ayudan o cómo pueden ayudar estas nuevas herramientas en el proceso educativo?

Para el caso de colegios, institutos y universidades confesionalmente católicas, «Se trata de que la vida de fe sea la fuerza impulsora de toda actividad escolar, para que la misión de la Iglesia se desarrolle con eficacia, y los jóvenes puedan descubrir la alegría de participar en "el ser para los demás", propio de Cristo», como dice el n. 28 de la encíclica Spe Salvi. Este es el punto de partida.

Tenemos pues que la vida de fe (la práctica sacramental, la enseñanza catequética, la dirección espiritual, el cultivo de las formas de caridad –un aspecto muy querido y buscado por el mismo san Juan Bautista de La Salle y reflejado en algunas de sus obras pedagógicas–) se pone como base para una adecuada enseñanza, también de las tecnologías.

¿Qué relación habría entonces entre fe e internet? Podríamos detenernos en que una persona de fe difícilmente accederá a contenidos nocivos gracias al fino y cultivado sentido de la amistad con Dios, pero tal vez interese más en este momento dirigir la atención a que una persona formada en la fe será más dada a no quedarse en las posibilidades técnicas que ofrecen, por ejemplo, las redes sociales, sino que irá al sentido último de cada uno de sus actos; es decir, será responsable de lo que hace, cómo lo hace, cuánto tiempo invierte, qué dice, qué calla, qué carga, qué comenta…

Hablar de «formación de la persona humana para la vida», en la línea de la cita inicial, implica ayudar a centrar la atención del estudiante en cosas esenciales. El uso de internet, entonces, se enmarca ya no sólo en la educación en el manejo del mismo sino en la ética que implica su uso. En definitiva, se trata de la aplicación de los mandamientos al «mundo» digital. De esta manera nos colocamos en una perspectiva ética de la educación específica en el uso de internet en particular. «Una buena escuela educa integralmente a la persona en su totalidad. Y una buena escuela católica, además de este aspecto, debería ayudar a todos sus alumnos a ser santos», decía Benedicto XVI en el saludo a los alumnos del Colegio Universitario Santa María de Twickenham (London Borough of Richmond), el viernes 17 de septiembre de 2010.

En ese mismo saludo decía a los mismos estudiantes: «A medida que avanzáis en los diferentes cursos escolares, debéis ir tomando decisiones sobre las materias que vais a estudiar, comenzando a especializaros de cara a lo que más tarde vais a hacer en la vida. Esto es justo y conveniente. Pero recordad siempre que cuando estudiáis una materia, es parte de un horizonte mayor. No os contentéis con ser mediocres. El mundo necesita buenos científicos, pero una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia en nuestra comprensión del mundo. Necesitamos buenos historiadores, filósofos y economistas, pero si su aportación a la vida humana, dentro de su ámbito particular, se enfoca de manera demasiado reducida, pueden llevarnos por mal camino».

Transformando el discurso y redirigiéndolo a educadores, podríamos enfatizar que deben recordar que cada materia, también el uso de internet y de las redes sociales, son parte de un «horizonte mayor» del que un profesor es co protagonista por vocación; en educador entra en la vida de un estudiante y lo marca, para bien o para mal, de una forma decisiva. Por ello, el ejemplo en el uso de nuevas tecnologías (por ejemplo cuando comparten amistad en alguna red social o cuando la red social se convierte en ocasión para acompañar fuera del ámbito escolar al alumno) es mucho más que teoría: es un decir con la vida que es posible usarlas correctamente y, se sobreentiende, esto presupone que se las utiliza adecuadamente.

Termino este esbozo introductorio a sus reflexiones de la maestría recordando que internet, las redes sociales, no son malos o buenos en sí mismos; la valoración ética que de ellos se hace depende del uso que el hombre les da: y es precisamente el uso –un acto del hombre– el que sí está sujeto a juicios de valor. Al haber abordado de modo general el tema de la educación y redes sociales, la relación nos remite a la educación en los valores y en las virtudes. No se puede pensar que esto es algo propio de las clases de religión o de catecismo. Cada lección se presenta como oportunidad para que el maestro transmita con su testimonio de vida cristiana coherente ese valor y esa virtud. Y es la coherencia de vida a la que el Papa nos llamó a vivir también en las redes sociales en el Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2011: «También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza».