lunes, 11 de abril de 2011

Las estadísticas son tuertas (1)

En los últimos decenios, las estadísticas han conquistado muchos ámbitos de nuestra vida al grado de medir no sólo lo que producimos, vendemos y consumimos. Las parroquias y las diócesis, por ejemplo, hacen también las cuentas de sus actividades pastorales. A un nivel más amplio, la Santa Sede tiene desde 1967 una Oficina Central de Estadística cuya competencia es almacenar y ordenar sistemáticamente los datos para editar el anuario pontificio y el anuario estadístico de la Iglesia.

En estos últimos casos, las estadísticas se estiman necesarias y útiles para el mejor conocimiento de las condiciones de la Iglesia y para la formulación de planes y programas pastorales. No obstante, en algunos ámbitos esa labor puede parecer innecesaria o “poco evangélica”. “¿Cómo pedir resultados –podría objetarse– cuando la Iglesia no es una institución humana y el apostolado no siempre cuantificable? ¿Qué criterios seguir para medir las diversas tareas apostólicas y cuál sería la significación de esos resultados?”. Hay incluso quienes pueden llegar a pensar que la labor pastoral no precisa de un orden sino que debe regirse exclusivamente por la creatividad del momento.

En el Evangelio hay diferentes pasajes donde queda manifestada una “mentalidad de resultados”. Así por ejemplo en Mt 21, 33-43 donde el Señor habla a los ancianos y sumos sacerdotes de quitar el Reino de Dios y dárselo a un pueblo que dé frutos (la misma parábola está recogida en Mc 12, 1-9). Y en la parábola de los talentos también queda reflejado este sentir (cf. Mt 25, 14-30). Ni qué decir de lo sucedido a la higuera que no dio fruto (cf. Mt 21, 18-22).

Cuando Jesucristo designa a 72 de sus discípulos, los envía de dos en dos a los lugares a donde Él iría (cf. Lc, 10, 1). Ya el envío –el apostolado– presupone un orden, un plan que va desde la conformación de las parejas hasta el lugar específico donde realizar la misión y la misión misma. Es interesante notar cómo los discípulos “rinden cuentas” al Maestro cuando vuelven (cf. Lc, 10, 17) y cómo el Señor reconduce el informe humano a un plano sobrenatural (cf. Lc 10, 20): “No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos”. La quimera de un apostolado fruto del ingenio del momento o de la espontaneidad no parece ser la línea seguida.

Es interesante notar también cómo la respuesta de los apóstoles en el pasaje anterior es natural y solícita, no hay ningún sesgo de reticencia. Y esto lleva a recordar esa máxima de “en el pedir está el dar”.

En ocasiones puede sucedernos como a los discípulos: estamos felices porque los resultados del trabajo apostólico son maravillosos y deseamos ser los primeros en exhibirlos y hablar de ellos. Pero precisamente de aquí puede nacer justamente el sentimiento contrario: cuando se descubre que los resultados que queremos o debemos dar no existen (o no al nivel que desearíamos) nos podemos sentir incomprendidos y juzgados cuando alguien nos pregunta por ellos.

Mirando hacia atrás, a los años que pasamos en el colegio donde recibimos notas por los exámenes, todos recordamos cuánto ayudaba el hecho de ser evaluados para ponernos realmente a estudiar. Sin embargo, algunos compañeros sacaban excelentes notas casi sin mover un dedo y otros, con gran esfuerzo, apenas lograron pasar de un curso a otro. No es difícil reconocer, ciertamente, que las buenas notas no son una garantía para el éxito duradero en la vida personal.

Por tanto, en las buenas y en las malas no debemos olvidar que los números y las estadísticas son tuertas. Nos muestran una parte de la realidad, pero no lo dicen todo. En este sentido, cuando a los sacerdotes, religiosos y demás agentes de pastoral nos toca entregar o recibir estadísticas, ayuda mucho distinguir varios niveles.

(continúa)

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