viernes, 6 de mayo de 2011

¿La mujer invisible?

Hace algún tiempo una señora me comentó –con no poco pesar– que no se sentía valorada en su hogar, que quizá no recibía toda la atención que merecía de su esposo ni el interés debido por parte de cada uno de sus hijos; que, en definitiva, muchas veces se sentía como si fuera “la mujer invisible”.

Recordé una historia real que quizá algunos de ustedes quizá también conocen. Es la historia de una mujer –la llamaremos María, pues no recuerdo el nombre exacto– que supo transformar y redimensionar ese sentimiento gracias a la fe, para lograr una familia más unida.

Cuenta María que entra a la habitación y nadie se da cuenta. Dice “apaguen la televisión, por favor”. Y no ocurre nada. Entonces lo dice más fuerte: “¡apaguen la televisión, por favor!”. Al final tuvo que ir a apagar la televisión ella misma. Entonces comenzó a entender: su marido y ella habían estado en una fiesta durante más de tres horas y ella ya estaba lista para irse. Se acercó a su esposo, que estaba platicando con un compañero de trabajo, para darle a entender que había que retirarse, pero él siguió conversando. Ni siquiera le respondió o dijo algo. Fue allí cuando se dio cuenta que no podían verla. Se dijo: “soy invisible”. A partir de ese momento lo empezó a notar más y más.

Un día llevó a su hijo a la escuela y la maestra le preguntó al muchacho: “¿con quién vienes?”. A lo que él respondió: “con nadie”. “Tenía cinco años, pero, ¿nadie?”, pensó por dentro la mamá…

Una noche estaba celebrando con sus amigas el regreso de un largo viaje de una ellas. La amiga contaba qué lugares había visitado, los fabulosos hoteles donde se había alojado, etc. María observaba a las otras mujeres que escuchaban la narración de la amiga. Se dio cuenta que, a diferencia de las demás, ella se había maquillado en el coche, que el vestido que traía no era nuevo (aunque sí lo único limpio que tenía) y que su peinado era un nudo en la parte trasera de la nuca. Se comenzó a sentir patética.

La amiga se acercó hacia ella y le dijo: “te traje esto”. Era un libro de las grandes catedrales europeas. No comprendía. Leyó la dedicatoria: “con admiración por la grandeza que tú estás construyendo cuando nadie lo ve”.

María se dio cuenta que en el libro no aparecía los nombres de las personas que habían construido las grandes catedrales. Entre hoja y hoja, tratando de encontrar los nombres de los autores, se dio cuenta que en la parte reservada al autor dice, en una y otra página, “anónimo”, “anónimo”, “anónimo”…

Esos autores terminaron sus obras sin saber que nadie notaría su trabajo. En el libro había una historia acerca de uno de los constructores que talló una pequeña ave en el interior de una viga que iba a ser cubierta por el techo. Alguien se le acercó y le preguntó: “por qué empleas tanto tiempo en realizar algo que nunca verá nadie?”. El libro también recogía la respuesta del constructor: “Porque Dios lo ve”.

Y María reflexionó: ellos confiaron que Dios lo veía todo; ellos entregaron toda su vida a un trabajo, un magnífico trabajo que jamás verían terminado. Ellos trabajaron día a día. Algunas de esas catedrales fueron construidas en más de cien años. Y eso es más tiempo que toda la vida de trabajo de un hombre. Día tras día, ellos hicieron sacrificios personales sin pedir nada a cambio; trabajando día tras días por una obra cuyo nombre de autor jamás figuraría.

Y María recordó que había leído una “profecía” de cierto escritor: “jamás se volverá a construir una gran catedral”, porque no hay gente dispuesta a sacrificar la vida de esta forma.

María cerró el libro y fue como si oyera decir a Dios: “Yo te veo. No eres invisible para mí. Ningún sacrificio es tan pequeño como para que yo no lo noté. Veo cada comida que preparas, cada plato de lentejas que haces, y les sonrío a todos”. “Veo cada lágrima de decepción cuando las cosas no salen como deseas que salgan. Pero recuerda: estás construyendo una gran catedral que no será terminada durante tu vida. Y lamentablemente no vivirás para verla allí. Pero si la construyes bien, YO LO HARÉ”.

María recordó su vida personal de esposa y madre. Y pensó que su invisibilidad –de la que hablamos al comienzo– era ahora un punto de inflexión para ella, pero no una enfermedad que podía consumir su vida. Reconoció incluso la “invisibilidad” como la cura contra su egocentrismo, como el antídoto contra el orgullo… Y se dijo: “está bien que no vean, está bien que no sepan. No quiero que mi hijo les diga a sus amigos que traen de la escuela a casa: “no pueden creer lo que hace mi mamá, se levanta a las 4, nos prepara las tortas, cocina lentejas y nos lava la ropa…”. No quiero que digan eso. Quiero que él quiera venir a casa. Y en segundo lugar quiero que le diga a sus amigos: “les va a encantar estar ahí”. Está bien que no vean”.

Cuánto nos ayuda recordar una y otra vez que trabajamos para Dios. Nos sacrificamos para Él. Muchos nunca van a ver todo el trabajo, todo el sacrificio, todo el esfuerzo, a pesar de que lo hagamos correcto, a pesar de que lo hagamos bien. Pero Dios si lo ve.

Podemos estar seguros que la misión de esposa, la misión de madre, no es invisible nunca a los ojos de Dios. Que una esposa y una madre con fe es un apóstol dentro y fuera de casa; una apóstol que lleva a Cristo a los demás con su ejemplo de fe, con su amor a la Iglesia hecho vida y práctica sacramental.

En un discurso del Papa a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia decía: “Sólo poniendo a Cristo en el centro de la existencia personal y de pareja es posible vivir el amor auténtico y donarlo a los demás” (cf. L´Osservatore Romano, edición en lengua española, p. 7, 14 de febrero de 2010).

Recemos para que nuestras obras se mantengan como monumentos para Dios y construyamos con ilusión la catedral que cada uno debe construir.

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Encontré el video que les decía… se los dejo. En homenaje a las mamás en este mes que las festejamos:


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