lunes, 14 de noviembre de 2011

Abusos en la Iglesia: cuando los crímenes de unos estigmatizan a muchos otros

Ace prensa publica en su web (04.11.2011) algunos datos sobre la impresión que la opinión pública irlandesa se ha formado a propósito del tema de los abusos por parte de algunos miembros del clero católico. Los datos están basados en un sondeo efectuado por The Iona Institute.

Por su interés y actualidad, a continuación reproduzco el artículo y al final me permito un par de reflexiones:

"Debido a un clima de reacciones apasionadas, la opinión pública irlandesa ha terminado por estigmatizar al clero de Irlanda. Según un sondeo realizado por The Iona Institute, ahora muchos irlandeses creen que el número de sacerdotes implicados en el escándalo de los abusos a menores es muy superior al que en realidad es.

Hoy por hoy, los informes más autorizados sobre lo sucedido en Irlanda sitúa en un 4% el porcentaje de sacerdotes acusados de haber cometido abusos sexuales contra menores. Sin embargo, el 70% de los irlandeses encuestados cree que esa cifra es superior.

En concreto, el 42% piensa que más de 1 de cada 5 sacerdotes irlandeses son culpables de haber cometido abusos. De ese 42%, el 27% cree que el número de sacerdotes abusadores supera el 40%, y el 18% sostiene que más de la mitad del clero habría cometido abusos.

Los resultados del sondeo realizado por The Iona Institute muestran que la confusión de la opinión pública irlandesa va a más. En efecto, una encuesta realizada en 2002 por The Royal College of Surgeons situaba en un 11% el porcentaje de ciudadanos que pensaban erróneamente que el número de sacerdotes culpables de abusos eran más de la mitad del clero de Irlanda. Casi una década después, el porcentaje de los que piensan eso ha subido siete puntos.

Aunque los investigadores del sondeo de The Iona Institute no se detienen en averiguar los motivos que han provocado este notable aumento de personas que culpan a demasiados clérigos, no es aventurado atribuirlo a un clima en el que ha habido mucho revuelo mediático y poco empeño por estudiar a fondo los informes que se han ido publicando en los últimos años sobre este escándalo.

Tampoco el gobierno irlandés se ha mostrado demasiado propicio a serenar las cosas. Más bien, se podría decir que a veces ha echado leña al fuego con acusaciones imprecisas. Su reciente decisión de cerrar Embajada en el Vaticano “por motivos económicos” hace patente las tensiones diplomáticas.

Algo falla en la información

“Existe un enfado profundo y completamente justificado por parte de la opinión pública con motivo del escándalo de los abusos a sexuales a menores por clérigos”, explica Patricia Cassey, profesora e investigadora en The Iona Institute. “No obstante, para ser justos con la inmensa mayoría de los sacerdotes, la gente debe saber que sólo una minoría de ellos fueron culpables de estos crímenes terribles”.

De los resultados del sondeo, a Cassey le sorprende sobre todo la enorme proporción de gente que está equivocada. Algo, a su juicio, que “debería preocupar seriamente a cualquier persona justa e imparcial”, ya que existe el riesgo de estigmatizar a todos los sacerdotes sólo por culpa de unos pocos. Cuando después de tanta información el público llega a conclusiones tan alejadas de la realidad sobre la extensión de un fenómeno, algo falla en la cobertura mediática.

Cassey hace un llamamiento a los medios de comunicación para que eviten los clichés y busquen explicaciones matizadas de los hechos como ya hacen en otros ámbitos. “Por ejemplo, cuando se cometen atrocidades en nombre del Islam, los responsables de los medios enseguida se apresuran a aclarar que sólo una pequeña minoría de los musulmanes son culpables de esos crímenes, y que esos ataques terroristas son una desviación aberrante antes que una expresión auténtica del Islam”.

Por eso pide que cuando se informe sobre casos de abusos cometidos por clérigos se haga con la misma actitud responsable. “Se ha de informar sobre los casos de manera objetiva, y siempre dejando claro que sólo un minúsculo porcentaje de sacerdotes son culpables de abusos de menores”.
Lo he dicho en más de una ocasión: un solo caso de abuso, no sólo sexual, ni sólo del clero, es ya demasiado. Pero estigmatizar masivamente a un colectivo por los errores de los que friamente indica la estadística -que es una minoría-, es poco menos que insjusto.

El texto de ace prensa basado en los datos de The Iona Institute invitan a considerar algo más: qué tanto influye lo que los medios dicen, y no pocas veces maximizan, cuando se trata de noticias relacionadas con la Iglesia católica. Es habitual que se difundan casos de décadas atrás, siempre deplorables, desde luego, pero que no se diga que al presente la Iglesia católica es la institución a nvel mundial con procedimientos ágiles y eficaces en la lucha contra la pederastia (véase, por ejemplo, "Recursos para profundizar y esclarecer el tema de los abusos en la Iglesia"). Ni qué decir de la disparidad de trato mediático cuando se habla del Papa y cuandon se hacen referencia a otros personajes (véase, por ejemplo, "Benedicto XVI y Polanski: un claro ejemplo de disparidad de trato cuando se habla de pederastia").

Termino este post remitiendo a una última lectura que le aseguro no se arrepentirá de leer. Se trata del testimonio de mons. Timothy Dollan, arzobispo de Nueva York, a quien una persona le preguntó y dijo: «¿Es usted cura? No puedo mirarle a usted ni a ningún otro sin pensar en un abusador sexual». Esta fue la respuesta:

«¿Es usted cura? No puedo mirarle a usted ni a ningún otro sin pensar en un abusador sexual»

Era sólo la tercera vez que me pasaba en mis 35 felices años como sacerdote, las tres veces en los últimos 9 años y medio. Otros sacerdotes me cuentan que les ha sucedido muchas más veces. Pero tres son bastante. Cada vez me agitó hasta la náusea.

Sucedió el pasado viernes. Acababa de llegar al aeropuerto de Denver para hablar en su popular convención anual, Living Our Catholic Faith. Mientras esperaba al tren eléctrico que me llevase a la terminal, un hombre de unos cuarenta y pico años, que también estaba esperando, se me acercó.

"¿Es usted un sacerdote católico?", preguntó con amabilidad.

"Sí, claro. Mucho gusto", le dije, tendiendo mi mano. Él la ignoró.

"Crecí en un hogar católico", respondió. Yo no estaba preparado para el filo aguzado de su estileto. "Ahora soy padre de dos chicos, y no puedo mirarle a usted ni a ningún otro cura sin pensar en un abusador sexual".

¿Qué responder? ¿Chillarle? ¿Pedir disculpas? ¿Expresar comprensión? Admito que todas esas reacciones vinieron a mi mente mientras me debatía entre la vergüenza y la rabia por el daño y la herida que infligía con esas palabras punzantes.

"Bueno", me recobré lo suficiente; "sin duda, lamento que lo sienta así. Pero, déjeme preguntarle... ¿automáticamente cree ver un abusador cuando ve un rabino o un ministro protestante?".

"En absoluto"

"¿Y cuando ve un entrenador, un líder boy scout, un padre de acogida, un consejero o médico?"

"Por supuesto que no", respondió. "¿Qué tiene que ver con esto?

"Mucho", respondí. "Porque cada una de esas profesiones tiene un porcentaje de abusadores tan alto, quizá más, que los sacerdotes".

"Quizá", admitió. "Pero la Iglesia es el único grupo que sabía lo que pasaba, no hizo nada, y se limitó a pasar los pervertidos de un lado a otro".

"Parece obvio que usted nunca vio las estadísticas sobre los profesores de colegios públicos", comenté. "Solo en mi ciudad de Nueva York, los expertos dicen que la proporción de abusos sexuales entre profesores de la escuela pública es diez veces más alta que entre los sacerdotes, y esos abusadores, simplemente, fueron transferidos de un sitio a otro".

[Si hubiese conocido las noticias del New York Times del pasado domingo sobre la alta tasa de abusos contra los más indefensos en la mayoría de hogares tutelados por el estado, con abusadores simplemente transferidos de un hogar a otro, también lo hubiera mencionado].

No respondió, así que continué.

"Perdone que sea tan contundente, pero usted lo fue conmigo, así que permítame preguntar: ¿cuando usted se mira al espejo, ve un abusador sexual?".

Ahora era él quien se sobresaltaba como yo antes. "¿De qué demonios me habla?", dijo.

"Es triste, pero los estudios nos dicen que la mayoría de los niños abusados sexualmente son víctimas de sus padres o de otros miembros de la familia", respondí.

Ya era bastante. Le vi inquieto y traté de suavizarlo.

"Le diré que, cuando le veo a usted, yo no veo un abusador, y apreciaría la misma consideración por su parte".

El tren nos había llevado a la zona de recogida de equipajes y salimos juntos.

"Bien, entonces ¿por qué sólo oímos toda esa basura acerca de ustedes los curas?", preguntó, pensativo.

"Lo mismo nos preguntamos los curas. Tengo una serie de razones, si le interesa".

Asintió mientras caminábamos hacia la cinta transportadora.

"Por un lado, los curas merecemos un escrutinio más intenso porque la gente confía más en nosotros, ya que osamos afirmar que representamos a Dios, así que si uno de nosotros hace esas cosas, aunque sólo una diminuta minoría lo haya hecho, es más desagradable. Segundo, me temo que hay muchos por ahí que no aman a la Iglesia y hacen lo que pueden por dañarnos. Este es un tema con el que adoran azotarnos sin descanso. Y tercero, y odio decirlo, se puede sacar mucho dinero denunciando a la Iglesia Católica, mientras que apenas vale la pena denunciar a alguno de los grupos que comenté antes".

Ahora ambos teníamos ya nuestro equipaje y nos dirigimos a la puerta. Él tendió su mano, la que 5 minutos antes no había tendido. Nos dimos un apretón. "Gracias, encantado de haberle conocido", dijo. Se detuvo un momento. "¿Sabe? Pienso en los grandes sacerdotes que conocí de niño. Y ahora, que trabajo en IT en la Regis University, conozco algunos jesuitas devotos. No deberíamos juzgarles a todos ustedes por los horribles pecados de unos pocos".

"Gracias", sonreí. Supongo que las cosas se habían arreglado porque, mientras se iba, añadió: "al menos, le debo un chiste: ¿qué sucede si no puedes pagar a tu exorcista?".

"Ni idea", respondí.

"Una re-posesión".

Nos reímos y nos separamos. Pese al final feliz, aún temblaba y casi sentí que necesitaba un exorcismo para expulsar de mi alma sacudida el horror que todo este asunto ha significado para las víctimas y sus familias, para nuestros católicos, como ese hombre... y para nosotros, los sacerdotes.