domingo, 4 de diciembre de 2011

Kevin Reynolds: el símbolo de las falsas acusaciones de abusos sexuales

Corrían los primeros días del mes de enero de 2002 cuando The Boston Globe publicó una serie de reportajes sobre casos de abusos por parte de algunos miembros del clero en los Estados Unidos. Mediáticamente hablando, fue el principio de una crisis que ya dura dos lustros y que, desgraciadamente, ha implicado también a otros sacerdotes –la mayoría ya difuntos– en otros países del mundo.

Acercarse a este tema implica dejar siempre claro el punto de partida: un solo caso de abuso sexual ya es demasiado. Tras esto hay que decir que la manera en que de modo general han sido tachados todos los sacerdotes católicos parece poco menos que injusta pues ante ellos parece que aquel conocido principio del «es inocente hasta que no se demuestre la culpabilidad» ha quedado en ellos sin validez.

Es verdad, como subraya John L. Allen Jr., en un artículo publicado en el portal del The National Catholic Reporter (cf. «A new symbol of false sex abuse allegations», 02.12.2011) que una falsa acusación contra un sacerdote no se equipara al dolor de una víctima y que el hecho de que algunos sacerdotes hayan sido acusados falsamente no atenúa mínimamente el deficiente manejo de los casos por parte de algunos eclesiásticos.

Es precisamente en ese artículo donde Allen expone lo que viene a llamar «el nuevo símbolo de las falsas acusaciones de abuso sexual». Ese símbolo tiene un nombre y un apellido: es el sacerdote irlandés Kevin Reynolds.

Después de algunos años de trabajo parroquial en Galway, Irlanda, el P. Reynolds fue a Kenia como misionero. En mayo de 2011 un programa «de investigación» de la principal cadena televisiva de Irlanda, la RTE, emitió un programa titulado «Mission to Prey» donde el mensaje conductor era el siguiente: los misioneros irlandeses habían ido a otros países no precisamente a misionar sino a abusar de personas.

De los siete casos presentados en el programa, seis de los implicados ya estaban muertos (y por tanto sin posibilidad de defenderse) así que el programa se centró en el vivo, en el P. Reynolds.

En «Mission to Prey» la periodista Aoife Kavanagh entrevista a una mujer keniata que afirma que el P. Reynolds la violó y embarazó en 1982, cuando ella tenía 14 años. A raíz de esa supuesta violación daría a luz posteriormente a Sheila, a quien el programa afirma que Reynolds proporcionó dinero en secreto.

Para completar el montaje del programa, Kavanagh va a la parroquia del P. Reynolds al que aborda al final de la misa pidiéndole declaraciones ante las acusaciones de pederasta y violador en su contra. Conociendo que el programa estaría pronto al aire, el P. Reynolds remite a la cadena RTE una carta del obispo de Kakamega, Kenia, donde el prelado da constancia de la buena reputación del sacerdote irlandés. Pero el P. Reynolds dio un paso más: se ofreció a que se hiciera una prueba de paternidad para que constase que él no había abusado ni tenido una hija con nadie.

Sin esperar los resultados el programa fue emitido, Reynolds retirado de su parroquia (de acuerdo a los protocolos actuales de la Iglesia en Irlanda). Según las referencias de Allen, medio millón de irlandeses vieron el programa transmitido en horario estelar y 338.000 lo escucharon por radio al día siguiente.

Pocas semanas después se conocieron los resultados de la prueba de ADN: Reynolds no era de padre de la niña. La disculpa de la cadena RTE llegó, hablaron de la «imagen impecable que durante 40 años» había tenido el P. Reynolds y el director general de la cadena de televisión, Noel Curran, llamó al programa «uno de los más graves errores de redacción que jamás se han hecho». No obstante, el daño moral ya estaba hecho.

El punto aquí, periodísticamente hablando, es por qué proyectaron la emisión sin la prueba de paternidad confirmada. Según el artículo de la web del National Catholic Reporter (publicación de católicos «progresistas» en Estados Unidos) «la mayoría de los observadores creen que el programa refleja un clima general de Irlanda en la que los sacerdotes son visto a priori como culpables».

Como recogían en el blog Actualidad y Análisis, citando un reporte de ace prensa (cf. «Abusos en la Iglesia: cuando los crímenes de unos estigmatizan a muchos otros», 14.11.2011):

«Según un sondeo realizado por The Iona Institute, ahora muchos irlandeses creen que el número de sacerdotes implicados en el escándalo de los abusos a menores es muy superior al que en realidad es.

Hoy por hoy, los informes más autorizados sobre lo sucedido en Irlanda sitúa en un 4% el porcentaje de sacerdotes acusados de haber cometido abusos sexuales contra menores. Sin embargo, el 70% de los irlandeses encuestados cree que esa cifra es superior.

En concreto, el 42% piensa que más de 1 de cada 5 sacerdotes irlandeses son culpables de haber cometido abusos. De ese 42%, el 27% cree que el número de sacerdotes abusadores supera el 40%, y el 18% sostiene que más de la mitad del clero habría cometido abusos.

Los resultados del sondeo realizado por The Iona Institute muestran que la confusión de la opinión pública irlandesa va a más. En efecto, una encuesta realizada en 2002 por The Royal College of Surgeons situaba en un 11% el porcentaje de ciudadanos que pensaban erróneamente que el número de sacerdotes culpables de abusos eran más de la mitad del clero de Irlanda. Casi una década después, el porcentaje de los que piensan eso ha subido siete puntos.

Aunque los investigadores del sondeo de The Iona Institute no se detienen en averiguar los motivos que han provocado este notable aumento de personas que culpan a demasiados clérigos, no es aventurado atribuirlo a un clima en el que ha habido mucho revuelo mediático y poco empeño por estudiar a fondo los informes que se han ido publicando en los últimos años sobre este escándalo.

Tampoco el gobierno irlandés se ha mostrado demasiado propicio a serenar las cosas. Más bien, se podría decir que a veces ha echado leña al fuego con acusaciones imprecisas. Su reciente decisión de cerrar Embajada en el Vaticano “por motivos económicos” hace patente las tensiones diplomáticas».
El artículo de Allen recuerda que si bien las acusaciones deben tomarse siempre en serio también debe primar una dosis de cautela que indica que la acusación no equivale a culpabilidad.

El autor también evidencia que el apoyo legal hacia el P. Reynols no vino de su obispo o estructuras oficiales de la Iglesia Irlanda sino de una joven asociación de sacerdotes irlandeses que en los últimos meses han querido reivindicar la figura del sacerdocio (aunque en ese objetivo se hayan confrontado con algunos obispos a los que han lanzado invectivas de cómplices en la denigración de la figura del sacerdote. Desde luego que ese «conflicto» intra eclesial se entiende mejor en el contexto del duro papel que hombres de Iglesia han tenido que asumir como pastores en medio de una sociedad justicialista y, además, respetando y haciendo cumplir los protocolos actuales de protección de menores que suponen, como en el caso del P. Reynolds, apartarlo de su parroquia y ministerio).


Por último, se menciona que ninguno de los involucrados en el programa «Mission to Prey», empezando por Aoife Kavanagh, han sido despedidos. No pocos periodistas irlandeses aducen que los juicios deben basarse en la totalidad de una carrera y no en un error puntual. Paradójicamente, cuando son los obispos los del error puntual en el manejo de algún caso, tanto de abuso como de otro tipo, la lógica se aplica de modo diferente.

El caso Reynolds es un ejemplo ilustrativo que, como dice Allen, «sirve como recordatorio de los peligros de juicios apresurados que no hacen ningún bien a las verdaderas víctimas de abuso sexual».

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