jueves, 1 de noviembre de 2012

32 años y más de 100 mil dólares en cirugías plásticas para parecerse al novio de la muñeca Barbie

Leo en The Huffington Post (cf. Justin Jedlica, Human Ken Doll, Had 90 Cosmetic Surgeries To Look 'Fabulous') la historia de Justin Jedlica, un neoyorkino de 32 años que ha invertido más de 100 mil dólares en operaciones de cirugía plástica con un objetivo: parecerse externamente a Kent, el famoso muñeco y novio de la todavía más célebre muñeca Barbie. Hay un video-reportaje de ABC News donde entrevistan a Justin (sólo está en inglés):


A propósito de esta historia, me ha gustado el comentario de Pilar Guembe y Carlos Goñi en los blogs de ACEPRENSA:

Justin quiere parecerse al novio de la Barbie y, como él, quiere ser el “chico perfecto”. Para lograrlo, no puede dejar nada al azar, no puede confiar el desarrollo de su cuerpo a la naturaleza, a la biología, ni siquiera al deporte, sino que lo tiene que modular a base de silicona. Piensa que Ken es perfecto porque es un muñeco de plástico y está moldeado desde el exterior: es lo que él está haciendo con su propio cuerpo.
Justin no se cree eso de “la belleza está en el interior”, porque para él, como para muchos adolescentes y jóvenes, sólo cuenta lo exterior. Da igual que el muñeco esté vacío por dentro, lo que cuenta es que por fuera no tiene ninguna imperfección; es más, el brillo exterior oculta las sombras del interior. Todo está en la superficie, todo es fachada, sólo cuenta el parecer. Muchos se lo creen, como Justin, y ponen todo su empeño (y su dinero) en conseguir parecer lo que no son y en ser lo que consiguen parecer.
Tan acostumbrados están a mirar afuera que si, por casualidad volvieran la mirada a su interior, no verían sino oscuridad. Al igual que el prisionero de la caverna de Platón, que al volver de la claridad del exterior, trae los ojos estropeados y no acierta a discernir las sombras que antes veía con claridad, del mismo modo a la persona acostumbrada a contemplar sólo lo exterior le cuesta mirarse por adentro. Y cuando lo hace, no le gusta lo que ve, no se gusta a sí misma, porque dentro no hay trampa ni cartón, no valen los cosméticos ni la silicona. Además, a diferencia del mito de Platón, en los brillos del exterior no habita la verdad, sino una gran mentira que obliga a poner el cuerpo al límite, con todos los riesgos que conlleva. Adolescentes y jóvenes, como Justin, se dejan engañar por una gran mentira, tan grande como efímera, pero que, eso sí, tiene mucho brillo.
Los padres podemos y debemos hacer que las cosas sean de otra manera, comenzando por no alimentar esa quimera con nuestros comentarios, conscientes o inconscientes, del tipo: “Pobre chica, qué gorda está”, “Qué suerte, fulanito se conserva tan joven…”, “¡Cómo puede ponerse eso con las piernas que tiene!”, “Tiene una piel que parece una muñeca”… Si nos ven obsesionados por nuestro cuerpo, es lógico que ellos también se obsesionen; si el primer juicio que emitimos sobre una persona siempre tiene que ver con su aspecto físico, es normal que ellos tengan como criterio principal la apariencia externa.
Hagámosles brillar por dentro, iluminemos su interior y no tendrán que buscar afuera los destellos de una ráfaga fugaz. Ayudémosles a crecer desde dentro, de lo contrario se verán obligados a implantarse silicona para ser como esos muñecos en quienes se ven reflejados.

La historia de Justin me ha hecho pensar en que tal vez no sea el único que no es capaz de interesarse por la belleza interior. En cierta medida tal vez todos tenemos un poco de "Justin": ¿no es verdad que las redes sociales son espacios donde las fotografías que más compartimos o publicamos son donde se suele aparecer "menos peor"? En definitiva, el caso de Justin también es una oportunidad de reflexionar en la autenticidad de vida.

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