jueves, 20 de diciembre de 2012

Los mayas y el fin del mundo que no llegará (por ahora): entre pseudo profecías, ciencia y fe

Viñeta cómica que circula en la web.
Uno de los observatorios astronómicos más antiguos del mundo es el del Vaticano. Actualmente está en funciones y en él trabajan un competente equipo de científicos y astrónomos que, además, tienen la particularidad de ser sacerdotes jesuitas.

El director del Observatorio Vaticano (Specola Vaticana) es el padre José Antonio Funes. A raíz del revuelo causado por las pseudo profecías mayas y especulaciones que las han acompañado, el padre Funes publicó un interesante artículo en la primera página de la edición del 12 de diciembre de 2012 en L´Osservatore Romano

Es un texto interesante redactado por un científico competente en el área del saber que se precisa para contestar con lucidez un mito. Pero el valor añadido del artículo del padre Funes lo encuentro en la orientación final que da a lo publicado: en el fondo el hombre se pregunta por el después de este mundo.

Personalmente no deja de llamarme la atención que haya quienes se preocupen más por el fin del mundo que por la manera de alcanzar la vida eterna. En Facebook coloqué hace unos días un video con declaraciones de un científico de la NASA evidenciando que lo del fin del mundo es, como se suele decir, "puro cuento".  He traducido del italiano el artículo del padre Funes y lo coloco a continuación:

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Desde siempre los hombres se han interrogado sobre el origen y el destino de la propia existencia. “¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?” es la pregunta que ha recorrido milenios.

A esta pregunta podemos dar repuestas irracionales. En los medios y en la red se habla en estos días del fin del mundo que los mayas habrían predicho para el 21 de diciembre de 2012. Si hacemos una búsqueda en Google, a esta voz corresponden 40 millones de resultados.

Según esa “profecía”, se debería verificar una alineación de planetas y del sol con el centro de la Vía Láctea y una inversión de los polos magnéticos del campo terrestre. No vale la pena discutir el fundamento científico de estas afirmaciones (obviamente falsas).

En el 2003, mientras tenía en la universidad de Tegucigalpa, en Honduras, un curso de astronomía extra galáctica –no se trata de un estudio sobre los jugadores del Real Madrid sino de las galaxias– tuve la oportunidad de visitar las ruinas del centro maya de Copán y de apreciar de cerca la gran capacidad de observación del cielo que aquel pueblo poseía. En todo caso, no se preguntaban si la tierra y el sol eran el centro del cosmos. Estaban más interesados en encontrar un “diseño” repetitivo de observaciones pasadas que se reprodujeran en el futuro.

En la cultura maya el tiempo el tiempo tenía una dimensión cíclica y repetitiva. La astronomía se desarrollaba en función de la política y de la religión, con la obsesión en los ciclos temporales.

Por cuanto puede ser fascinante el estudio de la astronomía maya, quisiera reflexionar aquí sobre el destino del cosmos. Sabemos que el universo inició hace 14 millones de años. Y sabemos también que está compuesto por 4% de materia “ordinaria”, por el 23% de materia oscura y por el 73% de energía oscura. Según los más confiables datos de observación, el universo se expande continuamente y tal expansión se acelera con la materia oscura.

Esta explicación científica postula un periodo en el cual el universo, en sus instantes iniciales, atravesó una fase de expansión exponencial, es decir, extremamente rápida. Es la teoría que se ha llamado “de la inflación”. Si este modelo es correcto, en un futuro muy distante el universo –hablamos de miles de millones de años– terminará por colapsarse.

 

Hasta aquí lo que la cosmología puede decir, con un cierto fundamento científico, sobre el futuro del universo. Está bien confirmar que nuestra comprensión, aunque sea bastante avanzada, no es completa. Hasta el día de hoy no conocemos la naturaleza física de la materia oscura ni de la energía oscura. Sin embargo, estamos en condición de medir los efectos que producen. Según las especulaciones de algún cosmólogo, el universo podría no tener una conclusión única sino más bien un “multi-ends”: algunas de sus partes terminarían en tiempos diversos.

En la visión cristiana, el universo y la historia tienen un sentido. En lo más profundo del ser humano existe la convicción fundamental de que la muerte no puede tener la última palabra. La cosmología nos muestra que el universo va hacia un estado final de frío y oscuridad; el mensaje cristiano nos enseña, por el contrario, que en la resurrección final, la del último día, Dios reconstituirá a todo hombre, a toda mujer y a todo el universo.
Esta realidad futura está expresada en las palabras del Apocalipsis del apóstol san Juan: “Vi después un nuevo cielo y una tierra nueva… Era la casa de Dios entre los hombres. Él vivirá con ellos y ellos serán su pueblo y el será su Dios” (Apocalipsis 21,1-3).

El Apocalipsis es un texto profético, no una información científica sobre el futuro del cosmos y del hombre. Es una profecía porque nos muestra el íntimo fundamento y la orientación de la historia. En el contexto histórico en el que se escribió, el autor sagrado busca animar a la comunidad de los cristianos que sufren la persecución.

La historia humana (y cósmica) tiene un sentido que le ha sido dado por el “Dios-con-nosotros“. También si no somos perseguidos, tenemos necesidad siempre de ánimo. La Palabra de Dios nos recuerda que vamos hacia un futuro fundamentalmente bueno, a pesar de las crisis de todo género en que vivimos sumergidos. Porque nos asegura que en Cristo hay un futuro para la humanidad y para el universo.

Para ver en tamaña natural y letra más grande haga doble clic en la imagen.

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