sábado, 2 de noviembre de 2013

Una imagen poco común en el techo de una casa: el propio entierro (y una reflexión sobre la propia muerte)

Una familia decidió pintar en el techo de su casa una imagen poco común: la perspectiva que tendría la persona difunta al momento de ser enterrada.

Hablar de la muerte, especialmente cuando se trata de la propia, es más o menos un tema de conversación poco frecuente, cuando no un tabú. Y sin embargo, la realidad más segura de todos los que estamos vivos es que en este mundo sólo estamos de paso y que un día vamos a morir.

Reflexionar en la propia muerte supone detenernos a meditar en la propia vida: ¡cuántas veces dejamos pasar la vida esperando que pasen cosas maravillosas cuando la vida misma es en sí misma una maravilla! Muchos esperan toda la semana para que sea viernes, todo el año para las vacaciones y toda la vida para ser felices… Se quedan esperando las «grandes ocasiones» para la «gran felicidad» mientras las rebanadas de felicidad ordinaria se hacen migajas en los momentos de espera pasiva que sólo nos hacen incapaces de percibir, vivir y disfrutar esos trozos de felicidad cotidiana.

¡Cuánto bien nos hace meditar en la propia muerte! En el contexto del día de todos los santos y la celebración de los fieles difuntos (ambas festividades católicas celebradas el 1 y 2 de noviembre) pude visitar el cementerio de Roma. Mientras rezaba el Rosario por los difuntos caminaba entre las hileras de tumbas que pueblan el lugar. Y ahí vi criptas de todo tipo: desde las más recientes con acabados perfectos y elegantes hasta las más descuidadas, abandonadas o de formas arquitectónicas más humildes y discretas. Indistintamente del aspecto exterior, todos los habitantes del cementerio comparten con el resto de sus vecinos la misma condición de muertos. La muerte le llegó al rico y al pobre, al guapo y al feo, al gordo y al flaco, al blando y al negro, al que habla cinco idiomas que al que no conocía la propia lengua madre… Sí, caminar por el cementerio es también una medicina contra la soberbia, la vanidad y el desmedido anhelo de fama: al final nadie se libra de la muerte.

Pero meditar en la propia muerte supone también detenernos a reflexionar en la otra vida: ¡Jesús resucitó y está vivo! Él nos dice que la muerte no tiene la última palabra. El «más allá», al que comúnmente denominados «cielo», no es un lugar de muerte sino de vida y es también nuestra meta definitiva por la cual aquí en la tierra sólo estamos como peregrinos.

Ciertamente no se trata de un pase automático: apenas morir ir al cielo. Importa cómo vivimos o, en términos de fe, cómo cumplimos la voluntad de Dios aquí abajo. El infierno es una realidad igual de contundente como el cielo. Quizá el tener presente ese otro destino eterno posible –desde luego nada deseable– es motivo de cierto miedo a la hora de pensar en la propia muerte. De ser así, deberíamos añadir a la reflexión un examen sobre cómo vivimos lo que decimos creer: si vivimos lo que Dios nos pide no habría por qué temer; de no ser así, hay razones suficientes como para temer la muerte pues ésta supondría esa posibilidad de condenación eterna. El cielo es una gracia de Dios pero que en buena medida también se «merece» en virtud de cómo correspondemos al Señor en el tiempo de peregrinación por este mundo.

Estamos acostumbrados a ver «desde arriba» los entierros. Tal vez la imagen pintada en esa casa nos brinde la ocasión para detenernos a considerar ese destino tan seguro como enigmático como lo es la propia muerte. Y de paso nos prepare para la gran entrevista con Dios.