lunes, 3 de noviembre de 2014

De la inmortalidad del latín y algunas ejemplificaciones en la web


Vivir en una casa donde la variedad de las personas supone diversidad de competencias acarrea conversaciones ricas y saludables. Ciertamente se trata de conversaciones no exentas de amistosos acaloramientos según la parcela del saber de la que se habla. 

Hace algunas semanas remití a un ex profesor de latín (dio clases en el centro de humanidades que la Legión de Cristo tenía en Salamanca, España) un artículo leído en los blogs del diario londinense The Telegraph a propósito del no uso del latín en el sínodo extraordinario sobre la familia. A ese envío le siguieron algunos diálogos en torno a la vitalidad o no del latín en los tiempos que corren. Y así nació también este interesante artículo que la personas en cuestión, Luis Fernando Hernández, L.C., tuvo la amabilidad de regalarme. Lo publico con gusto siendo, como es, un trabajo bien logrado que deja ver más que su gusto y amor por la lengua de la Roma de otros tiempos, que la inmortalidad de un idioma depende de su capacidad de mantenerse en forma -y en uso- a pesar del paso de los años. La web ha facilitado la visibilidad de esa vitalidad discreta pero real.

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El latín no es una lengua viva

El lunes 6 de octubre de 2014 Harry Mount escribía un artículo intitulado «O tempora, o mores! The Vatican has turned its back on Latin» a raíz de la decisión del papa Francisco sobre el uso del italiano en el Sínodo extraordinario sobre la familia, en vez del tradicional latín.

Las opiniones que pueden nacer al respecto son numerosas. Y una opinión se puede sobreponer a otra con relativa facilidad. Pero hay hechos que no pueden ser refutados. El latín ya no está en la punta de la lengua de todos los obispos y cardenales, aunque no falta quienes lo dominen.

El latín, como bien subraya Mount, es una lengua que por su misma inmovilidad es estable. Es apta para legar expresiones precisas a los siglos posteriores y para entender con cierta facilidad los legados de los antiguos. No hace falta, por supuesto, un estudio minucioso para darse cuenta de que el estilo de Plauto, de Cicerón, de san Ambrosio, de san Agustín, de Elredo, de santo Tomás, de Enrique de Gante, de Petrus Peregrinus, de Erasmo, de Copérnico, de Francisco Bacon, de Hobbes, de Galileo es diverso. Nadie puede negar esta diferencia de elegancia o rudeza en los diversos autores a lo largo de la historia. Y, al mismo tiempo, es claro que quien es capaz de leer el Sidereus Nuncius de Galileo en latín es capaz de leer el De amicitia de Cicerón. En pocas palabras: el latín se ha hecho una lengua duradera y, por tanto, vehículo de comunicación entre las diversas culturas y las diversas épocas desde hace unos dos mil años.

La decisión de cambiar de lengua en la elaboración de grandes temas no es forzosamente signo de decadencia. Ya antes la Iglesia cambió del griego al latín y ya desde el Medievo se sentía cada vez más la imperante necesidad del uso de las lenguas vulgares para la difusión de la ciencia y de la doctrina de la Iglesia.

El problema no es cambiar una lengua pasada por una presente. El problema es olvidar el pasado que está ligado a esa lengua. Es verdad que una embarcación tiene que soltar amarras para poder avanzar en el mar. O, con un ejemplo más moderno, es necesario que un aeroplano se despegue del suelo para volar. Y podría pensarse lo mismo del latín: es necesario dejarlo atrás para seguir adelante.

En realidad, no debería plantearse así esta cuestión. Más bien, arrinconar el latín es como intentar construir un trasatlántico olvidando todos los conocimientos acumulados a lo largo de la historia, desde los principios de Arquímedes hasta las leyes de la hidrodinámica. La cuestión de fondo es no perder el patrimonio que las generaciones nos han dejado a través del latín.

Si la conservación de este patrimonio cae en manos de unos pocos, ya será al menos una cierta garantía para el futuro. La herencia, en el mejor de los casos, no se derrochará. Ya ha sucedido en el pasado. El monasterio llamado Vivarium de Casiodoro, un monje del s. VI, inspiró a otros monasterios en su labor de recopilar y copiar manuscritos de los autores antiguos. Luego vendría la generación de humanistas que recuperaría una gran parte de esa herencia. Y hoy es el turno de los hombres y mujeres del s. XXI.

El latín no es una lengua muerta

Un mismo autor escribe dos titulares en apariencia contradictorios: «El latín no es una lengua viva» y ahora «El latín no es una lengua muerta». El latín no está muerto, según parece, porque aún se cultiva. Y “se cultiva” quiere decir “se habla”, “se lee”, “se canta” y “se estudia”.

¿Quiénes son los fautores de una lengua que pertenece al anticuario de la historia? Poner una lista exhaustiva es imposible, porque resulta que – por dar un ejemplo – son 292,249 los seguidores del Twitter del papa Francisco en latín. Obviamente no todos serán expertos latinistas, pero no deja de sorprender que haya más seguidores que en la cuenta en alemán (220,798).

Parece que el latín está muerto, aunque sea una de las lenguas disponibles en Wikipedia con 111,588 entradas. No hay que tomar ingenuamente el dato. Muchas de las entradas son tan breves que no llegan a colmar ni siquiera un cuarto de una página A4, pero aun así no es insignificante el número de voces ya disponibles en la enciclopedia más popular de la web.

El ámbito de las noticias tampoco se salva de la “retrógrada” influencia del latín. Hay cuatro páginas que ofrecen noticias semanales o incluso más frecuentes en latín: una radio alemana (http://www.radiobremen.de/nachrichten/latein/startseite106.html), la sección alemana de noticias del Vaticano (http://www.radiovaticana.va/tedesco/nuntii_latini.htm), una radio finlandesa (http://ohjelmaopas.yle.fi/1-1931339) y un sitio de noticias en latín nacido en Polonia (http://ephemeris.alcuinus.net/).

Y la lista de los amantes del latín se podría ampliar si incluimos los llamados Circuli Latini (Círculos latinos), que son grupos de estudiosos y devotos del latín que se reúnen periódicamente para discutir, hablar, leer o aprender en latín. Pongamos solo algunos ejemplos. Hay más de treinta Círculos en el mundo: http://circuluslatinuslegionensis.blogspot.com.es/ de León, España; http://www.alcuinus.net/circuli/roma/ de Roma; http://circuluslatinusmatritensis.blogspot.com.es/ de Madrid; http://www.circuluslatinuslondiniensis.co.uk/ de Londres.

Más de algún lector podrá legítimamente sentirse poco convencido por los argumentos que hasta ahora hemos utilizado. Si miramos crítica y atentamente los datos, se nota con claridad que la cuota de los latinistas es quizá mayor de lo que uno podría esperar, pero muy limitada en relación con el resto de lenguas en el mundo. Las lenguas más habladas en el mundo muestran una mayor dinámica. No hay arqueólogos buscando desenterrarlas de entre las ruinas del tiempo ni coleccionistas que dediquen gran parte de su tiempo a desempolvar objetos que solo recuerdan una época del pasado.

Las lenguas modernas son dinámicas, son mutables, cambiantes. La gente las usa y las manosea. Hay academias e instituciones que regulan un poco el tráfico acelerado de nuestros idiomas. Pero, como decía Horacio, bajo el uso de la lengua está el criterio, y el uso es la norma y medida del lenguaje (cf. Ars Poetica, vv.71-72).

Por desgracia, como ya hemos subrayado en el artículo anterior, el latín se quedó como congelado en un momento de su historia. Sufrió algunos resfriados a lo largo de los siglos. Pero finalmente conservó su antiguo carácter, la sintaxis y morfología que tenía desde tiempos de Cicerón. Y así encontramos la lengua sagaz e irónica de Erasmo y la elegancia erudita de Melanchthon. No se puede negar la vivacidad del latín que cultivaron estos dos autores, por ejemplo. Y, más recientemente, tenemos el testimonio de la renuncia del papa Benedicto XVI. El latín es claro y conciso. En este caso no se puede hablar de la misma vivacidad, propia del Renacimiento, pero sí de la clara comunicación y de la renuncia solemne.

Cada lector podrá juzgar si es verdad que el latín es lengua muerta o no. El autor de este artículo prefiere ampararse en el criterio de los grandes latinistas de nuestro tiempo, que –por supuesto– no carecen de un cierto romanticismo, pero que debemos perdonar por el beneficio de sus estudios. Uno de estos latinistas es Wilfried Stroh, un hombre de exquisita erudición. El 7 de noviembre de este año tendrá una ponencia intitulada «Sermo Latinus, sermo inmortalis» («El latín, lengua inmortal»). El abstract de la misma se puede leer aquí. En resumen, el Prof. Stroh sostiene que el latín se ha convertido en una lengua inmortal precisamente porque mantiene su propia forma sin verse sometida al envejecimiento y desgaste del tiempo.

Otro grande latinista, el Prof. Luigi Miraglia, fundandor de la Academia Vivarium Novum (https://vivariumnovum.net), tiene una propuesta que va más allá de la lengua y muestra muy bien los valores perennes que se quieren defender. Basta echar un vistazo a la página de esta academia para darse cuenta de que no todo inicia o termina con la discusión sobre una lengua del pasado, sino que todo inicia con el cultivo del hombre de hoy, es decir, del humanismo.